Hace unos años, en Gualeguaychú viví una verdadera oda al ojete: vi a tipos mordiendo nalgas, otros queriéndolas tocar o exaltándolas cuando pasaban delante de sus ojos, y escribí sobre cómo las mujeres éramos reducidas a un culo.
Pero,
lamentablemente, sabemos de sobra que esa “culificación”, como dice Luciana
Peker en Putita Golosa, no se restringe a una determinada
celebración popular de una ciudad entrerriana. Tampoco, a productos mediáticos
que colonizan la pantalla en el prime time o en la franja de la mediatarde.
Todo el
tiempo, las mujeres estamos expuestas a ser víctimas de una operación de sinecdoquización
que nos transforma en meros culos y nos quita subjetividad.
Este año, por
ejemplo, un tipo con el que me acostaba me dijo: “Me quedo todo el
domingo encerrado por este culo perfecto”. Me lo dijo cuando estábamos los
dos parados al lado de su cama. Él, por detrás, me acarició la espalda y, como
si tuviera una varita, mágicamente me convirtió en un culo que lo retenía en
ese departamento. No es que disfrutara pasar tiempo conmigo, sino con mi culo
que, en definitiva, para él era lo mismo.No sé si todos los culos tendrán los mismos poderes pero el mío, además de hacer compañía, hace unos días se ganó una clase gratis de aeroyoga a cambio de una tocada.
“Tenés
un lindo trasero”, me dijo por chat un profesor que tiene un salón por la
zona del obelisco. Me incomodó un poco, pero traté de seguir con la charla
hasta que leí:
- El otro día te iba a preguntar si te lo podía tocar. Precio de la
clase jajaja.
- Ah, ¿sí? Contame. ¿Cuántas
minas aceptan que les toques el orto a cambio de una clase? - le pregunté.
Me
respondió que era un chiste. Le expliqué que no me parecía nada gracioso
decirle eso a una persona que no conocía. También pensé –pero no se lo dije- cómo
podía ser que ni siquiera se sintiera interpelado por la marea feminista y que,
al menos, se abstuviera de hacer esos comentarios por vergüenza.
Me dijo
que lo había conocido bastante como para darme cuenta de que era un
chiste. Que si no lo entendía, tenía “problemas de percepción muy
importantes”. Que él fue súper respetuoso.
¡Ahora
resulta que tenemos que agradecer que no nos anden tocando el culo! ¡Gracias
por ser respetuosos, señores!
Insistió
por tercera vez en que me había hecho un chiste y en que yo no lo había
entendido. No fue capaz de pensar que yo me podría haber sentido molesta por su
comentario. Ni me pidió disculpas ni intentó correrse de su
pensamiento. El subtexto era claro: tontita, exagerada, loca, feminazi
–seguro-.
--
Podemos
tener culos grandes, chiquitos, parados, firmes, blandos, con más o menos
celulitis, con estrías, blancos o bronceados, con granos, con pelos, entangados
o más tapados. Da igual. Para algunos, basta con tener un culo a su
disposición. Lo único que les importa es la parte y no el todo.
De ahí la
operación de sinecdoquización, que más que una figura retórica es
performativa.
Por
supuesto que no hay ningún problema en que les guste nuestro culo, que se
calienten, que quieran tocarlo, agarrarlo, besarlo, penetrarlo, mientras el
deseo sea recíproco.
El
problema está en que tiene que cambiar el paradigma de conquista. El problema
es que esos culos somos mujeres que pensamos, hablamos, escribimos, sentimos,
deseamos, gozamos, amamos, confiamos, nos ilusionamos, desafiamos,
conquistamos, probamos, luchamos, lloramos y no vamos a callar cada vez que nos
sintamos incómodas, despreciadas, vulneradas, atacadas. Y, sí, es para tanto.
Siempre. Al menos hasta que caiga el patriarcado.
������������������ excelente! Conciso, Real y sin agresión!!! Me encanto
ResponderEliminarExcelente, te felicito. Un conciso llamado a la reflexion sin agresión.
ResponderEliminar