Si en algún momento de mi vida
iba a conocer Gualeguaychú, sería antes de los 30. Eso es lo que decía cada vez
que alguien me preguntaba si pensaba ir.
Sabía, por referencia de algunos
que habían ido y por fotos que alguna vez he visto en redes sociales, que un finde
en Gualeguaychú era una experiencia un tanto adolescente. Por eso, a medida que
pasaban los años, dudaba más en ir. Pero como no voy a tener vacaciones hasta mayo, pensé que esta podía ser una buena oportunidad para ir a conocer. Ahora,
a los 28, antes de los 30.
Con el team que recorrió Uruguay
hace tres años, armamos un grupito de WhatsApp y empezamos a barajar opciones,
cinco días antes de que empezara el feriado de carnaval. Después de algunas
vueltas, alquilamos un departamento que quedaba en el centro, a unas
20 cuadras de la playa, del que no habíamos visto fotos pero que creíamos que
no podía estar tan mal porque era de una conocida de una conocida de una
compañera de trabajo (sí, doblemente “conocida”).
Como paralelamente buscaba hostel
en Playa del Carmen, me di cuenta de que la avivada argentina había
llegado a Gualeguaychú, por el éxito de los últimos años: alojamiento en el
medio del Caribe, $250; alojamiento en una pocilguita en carnaval, $400. El
micro estaba el doble que los años anteriores y la entrada al Solar del Este –la
playa a la que “hay que ir porque se re pone”-, $150 por día.
Y sí, la playa se pone, y ahí también
la ponen y te la quieren poner permanentemente. La verdad es que me fui
asombrada de la capacidad que tienen los tipos para desesperarse ante los
cuerpos más variados de mujeres.
Gualeguaychú es hombres reducidos
a su animalidad más salvaje y mujeres reducidas a culos. No tetas, culos. Fui testigo
de cómo un flaco le iba mordiendo el cachete a las chicas que pasaban. Acostada
boca abajo, casi fui víctima de uno que se acercaba, lento, con la mirada y las manos direccionadas hacia mi parte trasera, con algún fin no muy
definido.
Gualeguaychú es entrar al baño de minas y encontrarte con un chabón tocándose.
Gualeguaychú es entrar al baño de minas y encontrarte con un chabón tocándose.
Gualeguaychú es ir por la calle y recibir, a cualquier hora, un entramado de palabras que
provienen de distintas bocas pero que, en su conjunto, dicen algo así como “culotetaconchaponerchuparromperte”.
Aullidos desde balcones y aplausos desde una mesa de restaurante. Una cosa de
locos.
Gualeguaychú es vivir con un vaso de alcohol en la mano y pibes balbuceando.
Lo peor es que no sólo eran jóvenes
veinteañeros, sino que había mucho boludo de 30 que te corría, te mojaba, te quería
tocar, te tiraba espuma en los ojos, rompía las casas. Todos boludos que, el martes,
se fueron de ahí para volver a su vida normal y los podés cruzar en cualquier
lado. Incluso al boludo que fue con una hidrolavadora para tirar vino a las minas.
En Gualeguaychú, todo es un
exceso. Le hicimos frente hasta donde pudimos. Nos la bancamos con estilo, con
la apariencia de chicas de 24 –como no pararon de decirnos-, pero con los casi
30 que pesan. Por eso creo que fue una muy buena primera y última experiencia.
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