10 de febrero de 2016

Gualeguaychú: hombres reducidos a su animalidad más salvaje y mujeres reducidas a culos

Si en algún momento de mi vida iba a conocer Gualeguaychú, sería antes de los 30. Eso es lo que decía cada vez que alguien me preguntaba si pensaba ir.

Sabía, por referencia de algunos que habían ido y por fotos que alguna vez he visto en redes sociales, que un finde en Gualeguaychú era una experiencia un tanto adolescente. Por eso, a medida que pasaban los años, dudaba más en ir. Pero como no voy a tener vacaciones hasta mayo, pensé que esta podía ser una buena oportunidad para ir a conocer. Ahora, a los 28, antes de los 30.

Con el team que recorrió Uruguay hace tres años, armamos un grupito de WhatsApp y empezamos a barajar opciones, cinco días antes de que empezara el feriado de carnaval. Después de algunas vueltas, alquilamos un departamento que quedaba en el centro, a unas 20 cuadras de la playa, del que no habíamos visto fotos pero que creíamos que no podía estar tan mal porque era de una conocida de una conocida de una compañera de trabajo (sí, doblemente “conocida”).

Como paralelamente buscaba hostel en Playa del Carmen, me di cuenta de que la avivada argentina había llegado a Gualeguaychú, por el éxito de los últimos años: alojamiento en el medio del Caribe, $250; alojamiento en una pocilguita en carnaval, $400. El micro estaba el doble que los años anteriores y la entrada al Solar del Este –la playa a la que “hay que ir porque se re pone”-, $150 por día.

Y sí, la playa se pone, y ahí también la ponen y te la quieren poner permanentemente. La verdad es que me fui asombrada de la capacidad que tienen los tipos para desesperarse ante los cuerpos más variados de mujeres.

Gualeguaychú es hombres reducidos a su animalidad más salvaje y mujeres reducidas a culos. No tetas, culos. Fui testigo de cómo un flaco le iba mordiendo el cachete a las chicas que pasaban. Acostada boca abajo, casi fui víctima de uno que se acercaba, lento, con la mirada y las manos direccionadas hacia mi parte trasera, con algún fin no muy definido.

Gualeguaychú es entrar al baño de minas y encontrarte con un chabón tocándose. 

Gualeguaychú es ir por la calle y recibir, a cualquier hora, un entramado de palabras que provienen de distintas bocas pero que, en su conjunto, dicen algo así como “culotetaconchaponerchuparromperte”. Aullidos desde balcones y aplausos desde una mesa de restaurante. Una cosa de locos.

Gualeguaychú es vivir con un vaso de alcohol en la mano y pibes balbuceando.

Lo peor es que no sólo eran jóvenes veinteañeros, sino que había mucho boludo de 30 que te corría, te mojaba, te quería tocar, te tiraba espuma en los ojos, rompía las casas. Todos boludos que, el martes, se fueron de ahí para volver a su vida normal y los podés cruzar en cualquier lado. Incluso al boludo que fue con una hidrolavadora para tirar vino a las minas.

En Gualeguaychú, todo es un exceso. Le hicimos frente hasta donde pudimos. Nos la bancamos con estilo, con la apariencia de chicas de 24 –como no pararon de decirnos-, pero con los casi 30 que pesan. Por eso creo que fue una muy buena primera y última experiencia. 


No hay comentarios:

Publicar un comentario