Un cosquilleo detrás de la rodilla izquierda interrumpió mi
concentración. Eran unas gotas de transpiración que nacieron justo en el
pliegue y me recorrían el gemelo, camino al pie. Un rumbo que corté cuando me
toqué con la mano para confirmar que ese domingo primaveral, bajo el sol, no
tenía nada que envidiar a un día de verano.
“No quería ser comedida. No quería medir, no quería razonar. Admiraba su
propia pasión, aun sabiendo que la pasión, por definición, es un exceso. Como ebria,
no quería salir de esa ebriedad”, leí y subrayé la frase.
Pasaron unos minutos, cuando otro cosquilleo volvió a interrumpir mi
lectura. Esta vez, era una vaquita de San Antonio que caminaba justo debajo de
mi hombro hasta que se subió a mi pecho, sobre la bikini con estampado
guerrillero, en la que, por momentos, se camuflaba. Rápida, cambió de rumbo e
intentó ir hacia el cuello. Como no quise dejar que se perdiera entre mi pelo, puse
el dedo índice justo delante de su andar, y picó.
Era la tercera vaquita que se posaba sobre mí en menos de una semana y
no podía creer que no me abandonara.
La primera se me acercó afuera del banco mientras intentaba buscar mi
CBU para autotransferirme plata, después de que el de seguridad me retara por
usar el teléfono adentro. Estaba tan apurada, que ni siquiera me importó golpearla
y que se cayera al piso.
La segunda se me posó en la terraza del laburo y también se fue rápido. La
vi y, como si nada, continué con la conversación que estaba teniendo.
En cambio, a esta la tuve varios minutos caminando por mis manos, mis
brazos, mis piernas y mi panza. Un tiempo considerable subiendo y bajando, dejándose
fotografiar. Un momento que, incluso, me alcanzó para contar la cantidad de
vaquitas que me habían visitado en esos días y pensar si esto auguraba algún
futuro prometedor en el corto plazo.
¿Por qué dejé ir a las vaquitas anteriores?
¿Así como no presté atención a estos insectos simpáticos, a cuántas
personas, amores, oportunidades, palabras sinceras, frases de aliento y
caricias habré dejado pasar por estar mirando el celular, por caminar aturdida
en medio de la ciudad, por estar agobiada en el trabajo, por tener la mente
ensimismada o por miedo?
¿Serán momentos únicos?
Espero que no. Que vuelvan una y otra vez, como las vaquitas, hasta que
me percate de ellos.
Tal vez no alcance con un cosquilleo y necesite algún estímulo más
fuerte para reaccionar. Puede que mi cuerpo, mi corazón y mi mente no entiendan
de sutilezas. Que quieran bombas, fuego, explosiones. Que quieran arder de
pasiones y estallar.

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