7 de junio de 2016

México enamora ♥

“¿Te gusta la cocaína?”, empezó preguntándome un inglés la primera noche en Tulum, cuando me fui de bares con un grupo de desconocidos del hostel. Ahí, en el medio de El Curandero, mientras bailaba electrónica como si me gustara, el pibe eligió -¿eligió?- no empezar por el clásico cómo te llamás  o de dónde sos, y arrancó fuerte. Le dije que no, que gracias, e imaginé que me esperaban 14 días de un México desenfrenado.

Pero no, fue mucho más tranquilo que otras vacaciones: no tuve lagunas mentales, no me robaron el celular, no me afané vodka de ningún bar, no me olvidé el corpiño en ningún lado…

Lo que me esperaba era un viaje increíble, con lugares maravillosos y personas hermosas. Con sus playas paradisíacas y su gente -de allá, de acá, de tantos lados-, México tiene un no sé qué que alucina.

Antes de ir, cada persona con la que hablaba, que había estado ahí, me decía que quería volver, que se había enamorado, y yo, incrédula, pensaba que exageraban.

Durante el viaje me fui dando cuenta de que no. Amé Tulum, con sus playas, la zona arqueológica, el hostel y Motita -la perrita que habían rescatado ahí-. Cobá con sus ruinas. La aventura y la fauna de los rápidos de Bacalar, y la inmensa calma del anochecer, con la luna llena asomando en la laguna. Las tortugas de Akumal, hasta que leí el cartel que explicaba cómo se están enfermando por hambre y estrés, porque la arena arranca el pasto con el que se alimentan, y la gente las toca y las persigue, en medio de una disputa entre pobladores y un grupo de empresarios que buscan privatizarla. La energía de Chichén Itzá, donde sin razón se me llenaron los ojos de lágrimas. La paz de Xca-cel y su cenote, con los pececitos que te comen la piel muerta. La comodidad de ir caminando a Mamitas y a Playacar. La libertad de nadar y hacer snorkel en Cozumel, en medio de peces de diferentes colores y tamaños. El mar tranquilo y transparente de Isla Mujeres, con sus palmeras que nos protegieron del sol insoportable en nuestro último día de playa.

Por eso, cada día que pasaba, hacía que entendiera más a todas esas personas que se habían enamorado de México, pero las terminé de comprender la última noche.  

Con Flor estábamos alojadas en Cancún, ofuscadas porque no habíamos podido cambiar el pasaje para volvernos el sábado en vez del miércoles, y pensamos en ir a pasar nuestra última noche a Playa. Hablamos con las chicas que habíamos conocido en el Hostel Che. Algunas estaban y otras se habían ido a Holbox, pero nos dieron la noticia de que habían aparecido los zapatos que le habían robado a Flor, así que no tuvimos más remedio que  tomarnos el Ado –una compañía de autobuses que te lleva a todos lados - que salía a las 23 e ir para allá. Viajamos una hora con el aire acondicionado al mango y, cuando bajamos en Playa de Carmen, nos abrazó ese calorcito que no abandona nunca la ciudad. Sentimos la bienvenida, mientras caminamos por esa Quinta Avenida nocturna y despejada de todos los vendedores políglotas que te agobian durante el día con ofertas de excursiones y souvenirs. Sonreímos y nos sentimos como en casa.

Cuando llegamos al bar del hostel, nos recibieron con abrazos y un chorro de tequila que caía desde algunos centímetros más arriba para pasar derecho por la garganta. Así, sin oponer resistencia, le dimos comienzo a una última noche larguísima, auténtica peripecia aristotélica, con su propio nudo, clímax y un desenlace tardío a las 12.30, cuando llegué justito a hacer el check in en la ventanilla de LATAM sabiendo que íbamos a volver…

Porque México tiene ese no sé qué que enamora.

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