Hoy viví una escena de terror: en
el medio de la plaza, una mujer tirada en el piso y un cagón queriendo huir
después de empujarla. Al lado, por suerte, un pibe que no iba a permitirlo. Agarró
al chino -un enano que no llegaba al metro sesenta y cinco-, lo tiró al suelo,
lo cagó a trompadas y patadas, y le dejó el ojo morado. Con dos señoras, mientras,
tratamos de calmar a la chica. El cagón intentó acercarse de nuevo. Otra vez,
sus deseos se vieron frustrados por el pibe de gorrita que lo retuvo en el
suelo hasta que llegó la Policía. Lo
tenía agarrado del cuello y con la cabeza contra el cemento. No lo soltaba.
Alguien llamó a la Policía , pero le dijeron
algo así como que no había ningún oficial cerca. Entonces, una señora y el
novio –o vaya a saber qué- de la víctima, que estaba ahí, pintado, fueron hasta
la comisaría 9º, que queda a 3 cuadras.
Me quedé con la chica y su perro.
Me contó que era la primera vez que le pegaba, que ella “no era una mujer
golpeada”. Hacía 8 años que estaban separados y no terminaron bien. Él, que es
el padre de su hijo de 13, le fue infiel y formó otra familia. Ella hacía dos
meses que estaba en pareja y, como eso a él no le gustaba, le empezó a hacer la
vida imposible.
Porque hay tipos que son así, que
se creen con potestad para controlarnos, para disponer de nuestros cuerpos como
y cuando lo deseen, para hacernos mierda la cabeza, para despedazarnos el alma,
para rompernos el corazón, para rebajarnos, para hacernos sentir culpables, para
prendernos fuego, para matarnos, meternos en una bolsa de basura y desecharnos.
Porque ellos son hombres y nosotras, mujeres.
Entonces, este infeliz que se
cree un supermacho, hace unos días la fue a buscar al trabajo y le hizo un escándalo.
Ella pensó en hacer la denuncia, pero no la hizo. Hasta hoy, después de
terminar en el suelo, con la cara, la mano izquierda y el tobillo lastimados.
Mientras esperaba que un efectivo
le tomara la denuncia, quería llamar a su hijo, pero no tenía celular porque él
se lo había roto hace unos días. Así que le presté el mío. “No te asustes, pero
estoy en la plaza con la Policía
porque tu papá me pegó. Estoy bien. Quedate ahí que ya voy”.
Cuando le leyeron los derechos, el
chino se hacía el boludo, el que no hablaba bien español. Nos miraba fijo,
desafiante.
-
Y ahora cuando se lo lleven, ¿cómo sigue todo? ¿Lo
largan enseguida, no? -le pregunté al policía.
-
¿Te digo la verdad? Sí, ahora queda detenido hasta que
en un rato suene el teléfono y alguien del juzgado ordene liberarlo, porque
fueron lesiones leves.
Y, entonces, un día la va a
buscar al trabajo; otro, le rompe el celular; otro día la tira al piso y la
deja con lesiones leves; y otro día, si tiene ganas, la mata. Porque si se cree
con total impunidad para pegarle en un lugar público, ¿qué podría pasar si la
encuentra sola?
Le dije a la chica que la voy a
llamar para pasarle algún lugar al que pueda ir, donde la puedan asesorar y
brindar herramientas para enfrentar ese tipo de situaciones. Me dijo que bueno,
que sí, y se quedó con miedo. Yo también, porque el tipo es del barrio y porque
soy mujer.
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