No soy de las personas que hacen
cola para agarrar el vasito de jugo de promoción en el súper ni de las que
espera que le regalen el sachet de Head & Shoulders en la playa, hasta que vino
una amiga y me dijo que tenía entradas gratis para el teatro.
¿Qué hacés el viernes? Nada, qué
se yo. Tengo entradas para el teatro. ¿Para ver qué? A Martín Bossi. Ah, ni
idea qué hace. O sea, sí, sé que imita, pero nada más. No tengo opinión formada
sobre el chabón creo. Yo tampoco. Yo tampoco, vamos. Y bueno, vamos. Comemos
una pizza y tomamos birrita. Dale, genial.
Llegamos, nos sentamos en unos asientos
que no nos corresponden y nos corremos dos veces. Escuchamos que la de atrás
dice: “¿Es joda?” Esperamos. No sabemos bien qué. Ahora vas a ver lo que es una
joda.
Y empieza el show con escenas de
minuto y medio como mucho, en las que Bossi imita a distintos artistas. La
chica que canta la rompe. Los cambios de vestuario están muy bien. La gente
aplaude pero cuando miro para el costado veo que mis dos amigas están con la
misma cara que seguro tengo yo también. Esa que dice: “Si esto es así durante
una hora y media, me mato”. Lo bueno es que confirmo que están del mismo lado
de la vida.
Termina de cantar y arranca con
una especie de misa evangélica comandada por un pastor brasileño que hace chistes
trillados sobre el uso del celular. Dice que por favor lo apaguemos, que el
mundo sigue sin nosotros, etcétera, etcétera, y pide que levanten las manos
todos los que se quieran sacar una selfie con él -sí, juro que había un montón-.
Tienen un minuto para hacerlo, antes de guardar el teléfono de nuevo. Una
cordobesa que cumple años llega tarde, pero igual logra su foto.
Después descubre que el marketing
sirve para vendernos cosas que no necesitamos y da una clase de educación
sexual. ¿Pueden creer que existen los preservativos femeninos? Sí, Martín, según
Wikipedia datan de hace casi 30 años, pero dale, seguí con el show. Y empieza a
hablar sobre cómo conquistaba mujeres en su adolescencia. Le pregunta a un pibe
del público qué edad tiene. 25. El chico se llama Kevin y se transformará en el
fetiche de la noche. Con Palito no se coge, Kevin, anotá. Acordate, Kevin.
Googleá, Kevin.
Y, entonces, nos explica a todos
los kevin que no entendemos nada –ni por qué estamos ahí- que las mujeres
quieren una previa larga. Que a las minas hay que ponerle flores, la canción de
Phil Collins, llevarlas a cenar, hacerles regalitos. Y que los tipos están ahí
esperando con la pija parada –y grande, siempre grande- para ponerla, porque
son básicos y eso es lo único que les importa, y que nunca saben cuándo
entrarle para que la mujer no se sienta avasallada. No se quieren apurar. Y la
esperan así, con la pija parada.
Cuando se supone que nada puede
ser peor, arranca un robo de 41 minutos con un falso casamiento protagonizado
por personas del público. ¿Es obvio quién sube a hacer de novio no? Sí, Kevin.
Cuando termina, cuenta que le dicen por cucaracha que pasaron 41 minutos.
Pienso en todas las cosas que
podría haber hecho durante esos 41 minutos. ¿Qué hacés vos en 41 minutos?
Después imita a Tato Bores y le
chorea a Macri todas esas frases sin remate con las que el presidente intentó
explicar la crisis: que las tormentas, las nubes - le faltó Turquía-.
Y vuelve a cantar, ahora vestido
de Rodrigo.
¿Nos vamos? No, esperá. Ya tiene
que terminar.
Pero no, sigue. Pide que el
público se pare. Aprovechamos y huimos.
Mientras una fuma, escuchamos que
ahora suena cumbia. Pienso en Michetti cantando Gilda en el balcón de la Rosada,
en Massa anunciando una lista de Spotify para manejar, con Pablito Lescano y
Arjona. Pienso en que no quiero ser la que se queda con el jugo ni con el
shampoo ni con un show de Bossi.
Seguro vos tampoco querés. Googleá,
Kevin. Sí, ya sé que estás sin luz porque bueno, antes valía menos que un café
y ahora te la aumentaron un dos mil por ciento pero se sigue cortando, porque
bueno, todos estamos haciendo un esfuerzo. Pero la próxima googleá, Kevin, y
fíjate qué carajo vas a ver, porque te podés encontrar con un show de mierda
como este.
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