30 de enero de 2019

Monólogo de mierda


Amiga, ¡no sabés lo que me acaba de pasar! Espero que no estés comiendo. Bah, igual no creo que te dé asco porque siempre hablamos de cosas escatológicas a cualquiera hora. Me pasó algo muy asqueroso y venía pensando en que te lo tenía que contar por todas las veces que pinchamos soretes en la plaza.

Salí del taller de poesía a horario, hace más de una hora, y recién llegué a casa, cuando debería haber llegado mucho antes. Te estoy hablando desde el baño, porque es el mejor lugar para hacerle honor a esta historia.

Suelo terminar la clase con muchas ganas de hacer pis. Imaginate que salgo del laburo y me voy directo para ahí. En el medio, a veces, paso por la panadería y me compro dos facturas que me clavo en seco, con lo cual apenas llego tomo bastante agua, y después arrancamos con el vino. Así que ya es rutina bajar e ir al baño de la galería.

El baño no tiene ganchito para colgar y yo estaba cargada, con la mochila a pleno y una bolsa con una pollera que todavía tengo que cambiar. Apoyé todo en el piso, en una esquinita, me bajé los pantalones, meé, me subí los pantalones, agarré las cosas, me enjuagué las manos y arranqué.

Resulta que iba caminando rápido por Santa Fe para tomar el subte y se me empezó a resbalar la bolsa que tenía colgada del hombro, así que con la mano derecha agarré las tiritas y con la izquierda la sostuve de abajo.

Fue un toque, para acomodarla nada más. Cuando la saqué, la sentí pastosa y la pasé por la bolsa, para limpiarme. Me miré para ver cómo había quedado y vi que los dedos seguían marrones. En mi mente pasaron mil fotogramas por segundo. Es re loco eso. No entiendo cómo funciona el tiempo. A veces nos quedamos en blanco, colgados, y otras se nos suceden un popurrí de imágenes en cámara rápida, imposible de procesar. Revisé todo mi día laboral. Me vi apoyando la bolsa sobre algún pedazo de chocolate derretido por el calor, pero me acordé de que no había comido chocolate. Pensé en el subte, en el taller y, finalmente, en el baño. Por dentro decía no, no, no puede ser. Me acerqué la mano despacito a la nariz. Tenía miedo de calcularle mal y tocarme la cara. La olí. Sí, era mierda.

¿Qué se hace cuando tenés mierda en la mano? En primer año llegué al colegio con caca en la media verde tres cuarto, ¿te acordás? El misterio de la media, porque la suela la tenía impecable. Lo resolví fácil: fui al baño y la lavé. Pero, ¿qué hacía con la mano en plena calle? ¿Me la amputaba?

No tenía alcohol en gel. Nunca tengo alcohol en gel. Tiré todas las cosas en la entrada de un edificio con una columna en un costado. Me refugié en ese pedacito. Con una sola mano, busqué las carilinas dentro de la mochila y saqué un splash también. Mientras refregaba el pañuelo, se me acercó un tipo. Yo estaba enajenada. Me preguntó si podía ayudarlo con alguna moneda. No y me seguí limpiando con el perfume, pero el olor inmundo ya se me había impregnado en los dedos.

Me colgué de nuevo la mochila, sin pensar en todas las bacterias que le acababa de transferir, y pensé en entrar al baño del subte para limpiarme tranquila. Llegué a la estación y chapeé con que trabajo ahí. Le dije a la boletera que necesitaba pasar al baño, si me podían abrir. Esperé al auxiliar con la mano cagada en el vestíbulo de Santa Fe. Entré feliz hasta que vi que no había ni papel ni jabón. ¡Me quería matar! Me limpié como pude con agua y la última carilina que me quedaba. Saqué la pollera; la guardé en la mochila; limpié la bolsa, que adentro tenía el ticket de cambio, y la doblé, escondiendo la mancha de caca.

Me metí en el subte con la bolsa en la mano y viajé hasta acá tratando de no tocar nada. Ahora ya estoy limpia, pero el olor me quedó en la punta de la nariz.

No entiendo cómo podíamos pinchar soretes, boluda. Mirá que jugábamos eh. Mirá que teníamos amigos. Mirá que había árboles de los cuales treparnos. Las bombuchas, el poliladron, la pelota. Y nosotras catando caca.

¡Qué guacha, cuando me revoleaste el sorete y me rozó el brazo! Ahí atrás de la calesita. ¿Por qué hacíamos eso?

Esa facilidad infantil para conformarse con lo que está al alcance de la mano. Por suerte después crecimos y aprendimos a cuestionar lo dado. Pero creo que en ese acto de pinchar soretes había algo que tenía que ver con el desafío de convertir lo asqueroso en juego. De resignificarlo. Capitalizábamos esa audacia de hacer cosas que no eran de nenas. Porque viste que mujeres y caca son sintagmas que no pueden ir en la misma oración. Pareciera que las minas no vamos al baño.

El otro día fui al urólogo, y no recuerdo a qué venía, pero tiró que las mujeres solemos ser más constipadas que los hombres. No sé, puede ser, pero no dejé que terminara la frase. No es mi caso, por suerte, le dije orgullosa y con una sonrisa. Se rio y quiso cambiar de tema. Parecía que sentía un poco de vergüenza por estar hablando de la caca. Y me regodeé de repetírselo. No, no, por suerte no tengo ningún problema para ir al baño. Casi que le agrego que puedo ir en cualquier lugar pero me pareció demasiado detalle. Lo único que falta es que los tipos se queden con el placer de cagar.

En fin, me acordé de vos y de que hace mucho no te veo. Contame, ¿ya comiste?

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