Hasta hace muy poco, conocía el
punto seguido y el punto y aparte. El
punto y coma, los puntos suspensivos y los dos puntos. Pero, en el último
tiempo, descubrí un nuevo signo de puntuación que decidí bautizar “punto y al
garche”.
Sabemos que toda nueva tecnología
tiene consecuencias en el lenguaje y la comunicación. Y, así, parece que ahora un mensaje con un
punto sería una forma de tantear si la otra persona está dispuesta a tener
sexo.
¿Qué? ¿No sabías?
Varios fines de semana atrás,
cuando me desperté y agarré el celular y vi los mensajes que tenía sin leer, me
encontré con uno que me llamó la atención: un punto. Había sido enviado a las
5.45 de la mañana por un pibe al que prácticamente no conozco. A los 3 minutos
me había mandado otro que decía: “Perdón, Sabri, se mandó jaja”.
Todavía medio dormida, intenté
interpretar ese mensaje en código morse. Pensé en preguntarle cómo se le había
mandado. Si se puso a revisar una conversación antiquísima y me escribió sin
querer; si no se animó a mandar siquiera un “En qué andás” y se hizo el que apretó
la tecla por error. No sé. De cualquier forma, me dio un poco de vergüencita
ajena y me causó gracia también.
Este fin de semana, una amiga me pasó
la captura de pantalla de una conversación con su amante y la leyenda rezaba:
“Me mandó un punto” y el emoticón sonrojado con los ojos abiertos. Nos tentamos y finalmente comprobamos lo que sospechábamos: que el punto era para ver si ella podía
hablar y concretar un encuentro.
Por ahí son muy pocos casos para
sacar conclusiones, pero para mí es una tendencia: el fin del chamuyo.
Por eso, frente a esta
devaluación de la palabra, me pareció atinado este pequeño acto de
reivindicación, compartiendo la experiencia.
Yo creo que me merezco más que un
punto a las 6 am. Creo que todos nos merecemos un poco más que un punto. Que el otro se tome el tiempo de mantener una
conversación; que realice el esfuerzo de pensar qué decir, o no pensar y decir
lo que tiene ganas. Pero no perdamos la palabra J.
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