“¡Qué ganas de estudiar Economía!”, pensé mientras terminaba de
destaparme para salir de la cama, con los ojos todavía medio pegados del sueño,
en un clásico domingo de los que viví este cuatrimestre.
Nunca imaginé que podría llegar a tener ese deseo, pero ese fin de semana estaba tan cansada de leer las palabras “técnica”, “máquina”, “Modernidad” y “capitalismo” para el Seminario de Informática y Sociedad, que sentí un apetito casi irrefrenable de empezar a estudiar la otra materia, Economía, a pesar de que la Modernidad y el capitalismo también me persiguieran en esos apuntes.
Sentimientos raros que surgen en el último cuatrimestre de
cursada en el que, prácticamente, decidí no tener vida. Me mentalicé en que
tenía que poner toda mi energía en la facu. La poca que me queda la estoy dejando
en el último parcial presencial de la vida, que es mañana, y no sé cómo voy a
llegar al domiciliario de la otra semana.
-¿Das estas dos materias y listo?-, me pregunta la gente, y
pienso: “Ilusos”.
-No, con estas dos termino de cursar, pero todavía me falta.
-¿Qué te queda?
-Entregar dos monografías, rendir tres finales, dar libre los
tres niveles de Inglés y la tesis.
Y es que estoy harta de poner mis fines de semana al servicio
obligatorio de la lectura y la retención de contenidos. De pasarlos en pijama,
con medias rayadas ¾ caídas por culpa del elástico viejo, con un pullover de 47 Street
que usaba cuando tenía 12 años y con un broche en el flequillo. De pensar “¡Mierda!,
¿cómo pasó tan rápido la hora?” mientras unto una tostada –porque quisiera
estirar el tiempo para poder avanzar-. De estructurar mi vida alrededor del
estudio. De planear actividades “para después de rendir”. De hacer cada vez más
larga la lista de libros que voy a leer por placer cuando termine la facultad,
y la de recitales, muestras y festivales que me perdí.
Mi descanso del sábado fue cortar
cebolla y morrón durante el primer tiempo de Argentina-Paraguay, y ordenar un
poco el cuarto. El del domingo, preparar la clase de pole. Para colmo, las pocas
energías que me quedan se evaporan con cada sonada de mocos de los últimos cuatro días.
En este calvario faltan pocas estaciones, pero ¡que termine ya!

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