11 de octubre de 2014

Se trata de buscar y disfrutar

Lloré un día entero por no conseguir ropa acorde a mi tamaño en las seis cuadras de la peatonal que van desde la Plaza Central hasta el tren, a la salida del laburo, pero el finde siguiente gasté más de $1000 –entre cosas que “necesitaba”, un regalo para mamá y una calza totalmente al pedo-, caminando por Santa Fe.

Metáfora de la vida: salí, caminá, buscá, seguí, no te rindas, no te quedes con lo primero que encuentres.

Suena ridículo, pero lloré por la calle, lloré en la estación, lloré en el tren, lloré al llegar a Retiro y ver que la línea C no andaba, lloré mientras hacía una cola interminable para tomar el 100 que va a Constitución, casi lloro esperando a la profesora, lloré mientras me bañaba, lloré antes de dormirme, lloré cuando me levanté, se me cayeron unas lágrimas en el trabajo mientras escribía gacetillas y corregía flyers, y dejé de llorar casi al cumplirse 24 horas, porque esa noche tenía que salir.

Ya escribí en este blog sobre el tema de mi peso y el instinto asesino que me generan los comentarios de la gente al respecto. Los que me conocen, comprenderán mis lágrimas, aunque injustificables; el resto, me chupa un huevo, pero puede entender un poco acá.

Evidentemente no me bancaba más la estabilidad que venía teniendo y se fue todo a la mierda en seis cuadras cuando cada prenda que me probé me recordó que mi cuerpo no encaja dentro de los parámetros “normales” y volvió la angustia clásica de esos momentos.

Pero, pará. Paremos. "Dejá de mirar tanto a lo que te rodea y mirá un poco hacia atrás, a ver cómo estabas", me dije. Para empezar, yo, hace unos años, estaba 5-6 kilos más flaca. Ayer confirmé que los pantalones me quedan más apretados porque engordé otro más. Deben ser 5-6 kilos de músculo, pero este fin de semana brindo por ese número que vi en la balanza.

Quizás no tengo el peso que quisiera, pero lo tengo como meta y estoy aprendiendo a celebrar estos momentos.

Y de esto me acordé por una conversación que tuve ayer. En general, tal vez no tenemos la vida que alguna vez soñamos y soy una convencida de que quedándonos sentados no la vamos a conseguir, pero creo que el secreto está en un equilibrio justo entre el buscar y el disfrutar; entre el mirar para adelante, por un lado, y el comparar el ahora con el ayer, por el otro, y ver cuánto crecimos, qué aprendimos, qué cambiamos.

Siempre vamos a querer más: más kilos, más plata, una pareja mejor, el trabajo soñado, lo que sea. Nunca vamos a estar conformes cien por ciento y está buenísimo que tengamos el coraje de hacernos cargo y perseguir lo que queremos. Hay que salir de la comodidad. Pero si toda la vida nos la pasamos buscando, nunca vamos a disfrutar lo que tenemos y lo que tanto nos costó conseguir. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario