Lloré un día entero por no
conseguir ropa acorde a mi tamaño en las seis cuadras de la peatonal que van desde la Plaza Central hasta el tren, a la salida del laburo, pero el finde
siguiente gasté más de $1000 –entre cosas que “necesitaba”, un regalo para mamá
y una calza totalmente al pedo-, caminando por Santa Fe.
Metáfora de la vida: salí,
caminá, buscá, seguí, no te rindas, no te quedes con lo primero que encuentres.
Suena ridículo, pero lloré por la
calle, lloré en la estación, lloré en el tren, lloré al llegar a Retiro y ver
que la línea C no andaba, lloré mientras hacía una cola interminable para tomar
el 100 que va a Constitución, casi lloro esperando a la profesora, lloré
mientras me bañaba, lloré antes de dormirme, lloré cuando me levanté, se me
cayeron unas lágrimas en el trabajo mientras escribía gacetillas y corregía
flyers, y dejé de llorar casi al cumplirse 24 horas, porque esa noche tenía que
salir.
Ya escribí en este blog sobre el
tema de mi peso y el instinto asesino que me generan los comentarios de la
gente al respecto. Los que me conocen, comprenderán mis lágrimas, aunque
injustificables; el resto, me chupa un huevo, pero puede entender un poco acá.
Evidentemente no me bancaba más
la estabilidad que venía teniendo y se fue todo a la mierda en seis cuadras
cuando cada prenda que me probé me recordó que mi cuerpo no encaja dentro de los
parámetros “normales” y volvió la angustia clásica de esos momentos.
Pero, pará. Paremos. "Dejá de
mirar tanto a lo que te rodea y mirá un poco hacia atrás, a ver cómo estabas",
me dije. Para empezar, yo, hace unos años, estaba 5-6 kilos más flaca. Ayer
confirmé que los pantalones me quedan más apretados porque engordé otro más.
Deben ser 5-6 kilos de músculo, pero este fin de semana brindo por ese número
que vi en la balanza.
Y de esto me acordé por una conversación
que tuve ayer. En general, tal vez no tenemos la vida que alguna vez soñamos y
soy una convencida de que quedándonos sentados no la vamos a conseguir, pero
creo que el secreto está en un equilibrio justo entre el buscar y el disfrutar;
entre el mirar para adelante, por un lado, y el comparar el ahora con el ayer,
por el otro, y ver cuánto crecimos, qué aprendimos, qué cambiamos.
Siempre vamos a querer más: más
kilos, más plata, una pareja mejor, el trabajo soñado, lo que sea. Nunca vamos
a estar conformes cien por ciento y está buenísimo que tengamos el coraje de
hacernos cargo y perseguir lo que queremos. Hay que salir de la comodidad. Pero
si toda la vida nos la pasamos buscando, nunca vamos a disfrutar lo que tenemos
y lo que tanto nos costó conseguir.

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