1 de enero de 2012

Seis porteñas en Yavi

Estábamos todavía preparando el recorrido, cuando Fernanda ya insistía con que, al regresar, hiciera un diario de viaje. Le dije que podía ser, pero nunca fue, al menos hasta hoy, cuando en medio de una conversación con un compañero le conté una anécdota de Yavi y pensé en escribir.

Yavi fue uno de los últimos pueblos que conocimos en nuestro viaje al Norte. LLegar nos costó un largo rato: bajamos de Iruya a Humahuaca, para tomar un micro hasta La Quiaca, y ahí conseguir cuatro ruedas que nos dejaran en ese pueblito fantasmagórico. En el medio, un piquete nos retuvo a la vera de la ruta. Por el sol del mediodía que pegaba en perpendicular, nos sacamos las capas de ropa que el frío de Iruya  nos obligó a usar y bajamos a estirar las piernas. Se escuchaban comentarios de todo tipo respecto de la protesta: algunos decían que en un rato la levantaban; otros, que iba a durar todo el día. Fuimos a las fuentes y nos dijeron que el reclamo era por el despido de dos trabajadores, que hasta el momento venían dejando pasar, pero que eso se había terminado: hasta las ocho de la noche no avanzaba nadie!! Enseguida, suspiros, quejas y puteadas al por mayor, hasta que, por suerte, la solución llegó bastante rápido. Como no estábamos lejos de donde comenzaba el piquete, caminamos apenas poco más de 200 metros hasta alcanzar otro micro de la misma empresa que nos esperaba del otro lado para seguir camino a la ciudad más elevada del país.

Llegamos a La Quiaca, sacamos el pasaje para volver al día siguiente a Humahuaca y buscamos una combi que nos llevara 16 kilómetros hasta Yavi. A poco de empezar el recorrido, subió una pareja de viejitos, que parecían tiernos. Parecían. Porque un aura de olor a vino envolvía al viejito, que no paró de hablar desde que se subió y nos obligó a darle un poco de charla. Lo bueno fue que nos recomendó unos atractivos para conocer, que nunca conocimos: las cuevas rupestres y los agujeros estudiados por la NASA.


Yavi. 16 horas. Saqué el celular para ver si tenía noticias de la inscripción a las materias de la facu y las líneas de señal habían desaparecido. Al bajar de la camioneta, un silencio absoluto nos dio la bienvenida y nos hizo dar cuenta de que, a la hora de la siesta, nada de griterío porteño ni de risas bobas. Cuando corrió el reloj, entendimos que el silencio no tenía  horario; era una constante, al igual que el hablar pausado y en voz baja de los habitantes de la Quebrada. El silencio se perpetuaba hora tras hora, en la otra cuadra, en la siguiente y en la de más allá.

Nos dividimos y empezamos a caminar para buscar alojamiento. La soledad de las calles y las casas de adobe y paja indicaban que allí el tiempo se detuvo. Nosotras intentábamos detenernos con él; mirar el cielo y ver las nubes que, intermitentemente, tapaban el sol; observar el piso, los rostros de algunos pocos habitantes del lugar que nos cruzábamos por el camino, y sólo esperábamos ver pasar la rueda de pasto de las películas de cowboys.

Cuando tres de las chicas estaban a punto de reservar una cuarto con colchones hundidos por 25 pesos, con Xime encontramos un oasis de lujo: una cabaña amplia, con una cama gigante, estufa y un horno para nosotras solas!! Regateamos el precio y convencimos a las chicas de lo bueno que iba a hacer pasar una noche ahí.

Ya instaladas en "la mansión" y con las tripas rugiendo de hambre, fuimos a buscar algún lugar donde comer. Caminamos por una calle que creíamos la principal y encontramos un cartel escrito con tiza, pegado en la pared: "Resto-bar Nora". Ohhh, Nora!!!, mesías culinario, nos sació por unos 13 pesos que incluyeron -por lo menos para mí- pizza, papas fritas, huevo frito y la bebida, y nos salvaría también la cena casera. Porque no habíamos traspasado las puertas del local para salir, que ya estábamos pensando en cómo usar el horno.


- Hagamos...ay, cómo se llaman? Salchichas envueltas en tapa de empanadas.
- Sííííííí!! Qué rico!! Y les ponemos mostaza.
- Y con qué acompañamos?
- Papas al horno!!

Panza llena, corazón contento; el sol ya estaba desapareciendo y el frío nocturno comenzaba a hacerse sentir. Volvimos a la mansión a abrigarnos y nos dividimos: unas fueron a hacer las compras y con Silvi y Juli emprendímos la aventura de encontrar un locutorio. Yo estaba un poco obsesionada con que no se me pasara la fecha de inscripción a materias y poder acordar los horarios con mis amigos.

- Alguno tiene que haber, es obvio!! - pensábamos.
- Esperá que le pregunto a este chico - les digo.
- Hola, te hago una consulta. Un cyber por acá?- le pregunto con total osadía.

El pibe, que por respeto no se me rió, me dijo que para encontrar una computadora tenía que ir hasta La Quiaca, pero que había un locutorio a unas cuadras y nos indicó el recorrido. Lo seguimos y encontramos una puerta que abrimos como con miedo, con la confusión de si era ahí o no. Y de repente, me sentí protagonista de Padre Coraje. Si vieron esa novela, les cuento que el locutorio de Yavi es casi como el que atendía Eugenia Tobal en la tira.

Hechos los llamados telefónicos, volvimos a la mansión para bañarnos y empezar a preparar la cena. En el camino nos encontramos con el resto, que nos dio dos malas noticias y una buena. En Yavi no había mostaza y, menos, tapas de empanadas. Sólo a nosotras se nos ocurre pensar que, en un lugar donde viven haciendo empanadas caseras, iba a haber de las compradas. Muy porteñas...muy! La buena fue que se les había ocurrido comprarle masa a Nora. Por supuesto, la mujer no entendía nada. Si tuvimos que hacerle una división al mediodía, no tenía idea de cuánto cobrarnos un cacho de masa para cocinar. Y nosotras, menos!! Fer ofreció pagarle lo que salían las tapas acá, pero todavía faltaba la mostaza. A lo que me ofrecí encontrar en lo de Norita.

Llegamos y otra vez el problema de qué nos vendía, cuánto le pagábamos. Tenía un pote grande.


- No sé, nos poder dar un poco en un potecito? O el envase entero, no hay problema. Te lo vamos a pagar.

Nora y las hijas, que nos miraban raro, se fueron para atrás y escuchábamos su cuchicheo.

- Se está avivando, nos quiere cagar! - comentábamos.

No me acuerdo cuánto le pagamos, pero esa noche tuvimos todo lo necesario para preparar el manjar.

En esa cabaña desprotegida, en medio de una oscuridad implacable, aunque era obvio que no iba a venir un asesino en serie a matar a seis pibas, trabamos la puerta sin llave con una silla, prendimos la estufa y nos fuimos a dormir.

El día siguiente amaneció con lluvia. A algunas remolonas fue imposible despertarlas. Con Fer y Juli, que no queríamos irnos de Yavi sin conocerlo, desayunamos, nos emponchamos, -yo clavé el pilotín de Disney que me había prestado Xime -y salimos a recorrer, mientras continuábamos con el repertorio de cumbia que habíamos iniciado en Cafayate.

Mabel, se te ve arruinada. 
Será por el escabio, 
por la yerba por la pasta. 
Se te ve con grandes ojeras,
te levantás tomando vino
y te acostás fumando yerba.

No me digas que vos no sabés, 
no me digas que vos no sabés 
qué cogedora que es María Ester.

Cantamos y caminamos para nada. Para sentir cómo nos penetraba la humedad hasta los huesos y no entrar a ningún lado, porque era muy temprano y ya estábamos justas con la plata. Conocimos la Iglesia de afuera, pasamos por la Casa del Marqués, cuya entrada a 5 pesos nos negamos a pagar, y tiré el chiste de las vacaciones:

YAVItodo!!

Porque eso fue todo lo que vimos. O sea, nada. Nos reímos un rato y volvimos a la mansión, medio mojadas, para emprender la vuelta a la Quiaca y continuar el viaje. 

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