El sol estaba cayendo y el clima templado de otoño daba paso a la brisa noctura. Ella estaba acostada en el pasto, panza arriba. Él, que la cuadruplica en tamaño, sobre ella. Eufóricos, se revolcaban ante los ojos de los presentes, testigos de los lengüetazos y de los mordiscos juguetones.
Él es Kimba, un labrador de 7 meses, y ella, Catalina, mi perra; la pug de 5 meses, culpable de despertar en mí el instinto maternal que dudaba tener.
Cata es la nueva en el grupo de los perritos que se juntan en la esquina de la plaza, donde, en vez de haber un canil que resulte funcional, hay una fuente con agua contaminada. A algunos -Fidel, Nerón y una tocaya- los conoció de casualidad, cuando paseábamos alrededor de las rejas que circundan la manzana, y a otros los vio ahí, en la esquina de Perón que a partir de las 18.30, más o menos, empieza a poblarse de seres de cuatro patas, muchos de los cuales están para la publicidad de Dog Chow.
Todos me dicen que cata es hermosa y yo les digo que los suyos también, aunque por dentro pienso: "La mía es más linda". Salvo Fidel, un bulldog fancés hermoso, blanco con manchas negras, que parece un semental. Cata está enamorada de él (sí, la tengo bien entrenada). Me mata de ternura, porque cada vez que lo ve, lo persigue, se le sube, lo quiere agarrar con sus patitas, pero él no quiere saber nada.
- Bella está imparable.
- Catalina la grande (una schnauzer) le histeriquea.
- Fidel, dejá de rascarte -le dice el dueño y nos aclara que es alérgico.
- Nerón, tranquilo.
Esos y otros comentarios escuchaba de fondo, mientras me veía enredada con la correa que sujetaba al cerdo desquiciado en el que, por momentos, se convierte mi perra.
Antes pensaba que los dueños de perros que se juntan a charlar en la plaza son exponentes del caso de personas solas, en la desesperada búsqueda de ampliar su vida social. Pero, de repente, me convertí en uno de ellos.
Enseguida, me vi hablando con un montón de desconocidos y contándoles que Catalina desenchufa la tele, que se roba los hisopos, que se come el papel higiénico y el de diario y que se morfó una gillette. Y me encanta!!
Tan feliz me pone verla jugar con sus pares, que lamento mucho los días que no la puedo sacar. Tanto la quiero, que espero con ansias los fines de semana para ir a recorrer el barrio con ella.
Cuando me levanto, le pego un grito para que venga a saludarme a la cama. También, confieso que incluso, a veces, le hablo por teléfono.
Pero bueno...siempre quise un perro y me llegó de grande, y con una cara que hace imposible dejar de chochear
¡Sos tierna! Acordate de abrir y cerrar los signos de exclamación jajaja
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