Hubo una época en que, con Ti, teníamos debilidad por los flequillos, los pantalones claritos rotos, las topper blancas mugrientas y las remeras con la lengua Stone sobre un cuerpo masculino. Y si cargaba una guitarra al hombro y tenía una bandita con los pibes de su barrio, más.
Esto era allá por el secundario, en la época en la que explotó la cumbia villera y en la que también estaba de moda que las minitas devenidas en cabezas amenazaran con “mandar a pegar” por cheta a casi cualquier piba que no tuviera rapada la nuca y llevara la raya al costado.
Según datos de la Universidad de la Calle, con Ti afirmábamos que el 90 por ciento de los rollingas estaban buenos y la mayoría de las veces coincidíamos en el gusto, así que era un tema recurrente para hacer jodas entre nos.
Por eso, una noche veraniega en Gesell, en Kilómetro 20, ya con 19 años, la miré y le enuncié nuestra misión: “Tifa, vamos a buscar rollingas”. Ya no sé si la frase fue así, si la dije o si es un mito, dado que esa noche había tomado tanto que ni me importaba que el barman le pusiera vodka al tequila sunrise. Pero cuenta la leyenda que así ordené. Obvio que era chiste, pero en algún momento de la noche se ve que me lo tomé en serio y encontré a uno que después seguí viendo durante algún tiempo en los boliches porteños.
No sé si tuve suerte o qué, porque creo que en esa época los rollingas entraron en etapa de extinción, hasta llegar a convertirse en la especie exótica que son ahora.
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Hace un mes, hicimos un reencuentro con algunas chicas del cole que en los últimos años la vida y las decisiones personales se encargaron de separarnos, y obvio que con Tifa recordamos el “Vamos a buscar rollingas”. Y mucho más ayer en el boliche. Entre risas, Tifa insistía:
- Boluda, se extinguieron.
Hasta que de repente, mis ojos chicatos -que, al parecer, ven lo que quieren- vieron un flequillo sobre la cara de un pibe que aparentaba tener unos 20 y vestía una camperita acuadrillé.
- Encontré un rollinga, boluuuuuuda.
- ¿Dónde? Me estás jodiendo!!
- Bueno, más o menos, pero mirá. Sé disimulada. Allá, mirá para donde yo miro. El de camperita a cuadros.
- Seeeeeeee.
Tentadas, decíamos que era muy peque para nosotras; que era un bebé que tenía que tomar la teta. Y ahí nos escuchó Tati, que estaba medio borracha (creo. Tifa que es su amiga la conocerá mejor).
- ¿Te gusta? Le voy a preguntar la edad – me dijo y yo pensé que, obviamente, no hablaba en serio.
- Ni se te ocurra. Estamos jodiendo.
- No no, vos dejame.
Dio media vuelta y fue. Inmediatamente, tiré la de humo y desaparecí. Preferí ir a buscar señal a las escaleras antes que hacer un pozo en el piso y meterme ahí de la vergüenza.
Cuando volví, por suerte las chicas ya no estaban tan cerca del grupo del pibe y Tati, contenta, me repetía que tenía nuestra edad -como si con ese dato yo fuera a hacer algo. Menos mal que se habían corrido un poco, porque parece que, como teléfono descompuesto, malinterpretó nuestras palabras y le dijo que le “queríamos dar la teta”.
Todavía no sé qué habrá hecho Tifa en ese momento. Cuando volví, estaba resignada al papelón que acabábamos de protagonizar, así que no nos quedó otra que reírnos y seguir bailando. Habíamos encontrado una especie exótica en la actualidad.
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