
Apenas
hay dos pares de viejitas sentadas, tomadas de las manos, en sillas
enfrentadas. Una quinta todavía está a la espera de su pareja, que no voy a ser
yo. En un costado, dos sesentonas interrumpen el diálogo y me miran, como
esperando que les diga quién soy y qué hago acá, en la Iglesia del Millón de
Almas, liderada por el mediático pastor Héctor Giménez.
Me
acerco con una sonrisa para presentarme. Juana me da la bienvenida.
-
“Que Dios te bendiga, hija”- me dice bajito y devolviéndome el gesto.
-
Gracias -le digo cordialmente e imitando su tono de voz.
Sus
ojos abolsados y sus hendijas en los cachetes develan su edad. Sin embargo, a
su voz calma y apaciguada le gana la ansiedad por conocerme.
- ¿Sos creyente? - es lo primero que me
pregunta.
- Fui a un colegio católico, por decir algo.
- Es lo mismo. Es el mismo Dios.
Lo importante es creer en Él.
Me
habla un poco más del “creador” y asiento con la cabeza. Su ansiedad no la deja
cerrar la boca y le hace escupir su historia. Me cuenta que se crio en el seno de una familia humilde y que no fue
creyente hasta que le ocurrió “el milagro”, “algo sobrenatural”, una “auténtica
obra de Dios”.
Juana
cuenta que un día, hace unos 20 años, se cayó en la calle, pero en el momento
no sintió dolor. Un poco perdida, deambuló por las veredas de su barrio hasta
que llegó a su casa. Estaba frente a su puerta, pero no podía entenderlo. Se
cruzó con el vecino, pero en ese entonces no lo reconoció. De a poco, sentía
que sus párpados se cerraban y terminó en un hospital. “Casi quedo
hemipléjica”, me dice abriendo los ojos. “Pero yo conocía a una pastora y acá
todos oraban por mí. Recordé que, en el momento en que me caí, yo sentí que
Dios me ponía la mano en la cabeza. Él hizo que yo no tuviera que usar bastón
ni hacer ningún tratamiento”, afirma. Y haciendo memoria, se acuerda de un día en
el que estaba en el Hospital Italiano –trabajaba en la parte de esterilización-
y sintió que le tiraban de la pollera. “Después me di cuenta de que era el
Señor”, confiesa y niega toda posibilidad de que la tela se haya enganchado con
algo.
Entonces
retoma el discurso de las bondades de Dios. Me dice que “Dios nos ama”, que
“uno a veces es ignorante y no conoce o no se da cuenta de sus señales”, que
ella antes se reía de la gente que creía en Él, pero que desde hace veinte años
su vida cambió. En el pecho, del lado del corazón, lleva un prendedor de una
palomita –símbolo bíblico del Espíritu Santo. Le pregunto si ellos –los
evangelistas- también –como los católicos- creen en la Santísima Trinidad y
desato una catarata de respuestas acerca de cómo la misericordia divina y la palabra
de Dios nos salvarán.
Para
que sepa que no soy una principiante y que entiendo de lo que habla, me
retrotraigo a las lecturas obligatorias de la Biblia durante mis trece años de
colegio católico y, así, puedo meter algún bocado en su monólogo.
Eso la entusiasma y vamos entrando en confianza.
II
Llega Aída,
la pastora que se hará cargo de la primera predicación del día, pero todavía es
temprano y no hay mucha gente. El kiosco abrirá en la mitad de la celebración y
la librería permanecerá cerrada hasta que me vaya.
Al
ser un día de semana y al no estar tan concurrido, la reunión se hará en la
parte de adelante del templo. Con mucha organización, algunos van colocando las
típicas sillas de jardín en orden, mientras otros prepararan el grabador, el
parlante y el micrófono. De la parte posterior, traen un atril de vidrio y,
así, el espectáculo del cine devenido en iglesia está por comenzar. Sólo
falta un calentador -Aída ordena que lo prendan- y que la gente se acomode.
Aída
es una pastara dentro de los 200 que hay en la Iglesia, que se encuentran
predicando por casi todo el país. Me explica que su tarea es imitar la relación
que Jesucristo tenía con sus discípulos y ser una ayuda espiritual para las personas que se acercan personalmente o por
teléfono. “A cada uno que viene, le proveemos alimento espiritual: fortaleza,
consuelo, ánimo. Muchas veces pasa que una termina llorando con la persona que
viene con el problema”, afirma y continúa: “Obviamente nos hemos capacitado
leyendo la Palabra de Dios, porque no estamos jugando. Hay veces que llama
gente que quiere suicidarse y te dice: ‘Estoy con un revólver a punto de
quitarme la vida’, y ahí tenés que usar una palabra que le haga cambiar el plan
que tenía”.
III
Empieza la función, pero a diferencia de lo que había para disfrutar en el viejo cine, aquí hay poco para ver y todo por escuchar. La pastora invita a cerrar los ojos. Todos obedecen.
Aída habla rápido y, canchera, se mueve por el espacio sin pisar, en ningún momento, el cable del micrófono que sostiene con la mano izquierda, mientras el brazo contrario lo mantiene extendido hacia adelante.
Empieza la función, pero a diferencia de lo que había para disfrutar en el viejo cine, aquí hay poco para ver y todo por escuchar. La pastora invita a cerrar los ojos. Todos obedecen.
Aída habla rápido y, canchera, se mueve por el espacio sin pisar, en ningún momento, el cable del micrófono que sostiene con la mano izquierda, mientras el brazo contrario lo mantiene extendido hacia adelante.
“Vamos
a pedir una oración. Vamos a dar comienzo a esta reunión y vamos a permitir que
el poder del Espíritu Santo se manifieste, Padre, en el nombre del señor Jesús.
Queremos darte gracias por estar aquí, Señor, en este día, Señor, para recibir
las bendiciones. Estamos confiando, Dios mío, y esperamos que nos des fuerza,
Señor, e impartas esta bendición a todos los seres queridos, Dios mío. Amén y
demos un fuerte aplauso”, pide Aída y da inicio a la celebración. Enfrente
suyo, unas diez personas –casi todas mujeres que superan los 60- chocan sus
palmas con fervor.
El
ambiente se va calentando y Aída nos invita a cantar. Su ayudante pone play y
empieza a sonar una música alegre y pegadiza para cualquiera. “Alegría.
Cantemos, saltemos”, dice con voz firme.
“Como oradora, alaba a Jehová, grande son sus
maravillas, grandes son sus maravillas. Sobre los montes a mi hermano buscaré,
grande es su hermosura. Y al estar en su presencia gozoso danzaré. Al señor
alabaré”, sale del parlante.
A
diferencia de una misa católica, aquí no se huelen flores ni incienso. El
kiosco acaba de abrir y el olor a café inundó el ambiente. Esto hace que me
distraiga un poco, pero los fieles siguen sin abrir los ojos y con los
brazos levantados, a la altura de los hombros, formando casi un ángulo recto.
En la mayoría, se puede ver un tímido movimiento de labios en sus bocas, que no
coincide con la canción que suena de fondo. Pero no se escucha lo que dicen.
Son palabras mudas.
Aída
sigue concentrada, cantando otra canción.
“Grande es Jehová, digno de alabar. Tu eres
grande, Jehová. Grande es tu nombre, digno de alabar”, suena.
La pastora mueve los pies para
adelante y para atrás, al ritmo de la música. “Aleluya, vamos a
alabarlo con alegría”, dice. Ahora salta y levanta una pierna al compás de la
canción, y sobre la música afirma: “Es
tiempo de adorar a Dios, de dedicarle nuestra vida entera. Su espíritu está
aquí para ayudarnos”.
Aída
agradece la “bendición del Señor” de haber organizado el tiempo de los presentes
para poder estar aquí y dirige su discurso a cada uno de nosotros. “Yo te
invito a que cierres tus ojos. Él necesita que abras tu corazón. Amén. Necesita
obreros en su mies. Dios los está necesitando a ustedes y requiere que
empecemos a permitirle al Espíritu Santo a trabajar en nuestra vida. Amén. Hemos
reconocido a Jesucristo como nuestro único salvador, hemos aceptado la palabra
de Dios, entregado nuestro corazón y hemos asumidos la responsabilidad de ser
hijos de Dios. Amén”. “Amén”, responden todos.
“Danos más de tu amor. Bautízanos con el cuerpo
de tu espíritu. Soy embajador de tu amor. No hay un dios como tú, no hay. Como
tú no hay, amigo fiel y verdadero”, cantan.
“El pan nuestro de cada día es la Palabra de Dios y lo necesitamos para alimentar nuestro espíritu, fortalecernos y hacer frente a los tiempos que vivimos. ¿Cuántos lo están entendiendo?”, pregunta Aída al público. Entonces, la música cesa, toma la Biblia y la abre en Zacarías, 4. “Estamos viviendo el último tiempo. Lo demuestran, a nivel mundial, los terremotos, el mar que se levanta y los volcanes en erupción. Por eso, debemos estar despiertos, pendientes de la Palabra de Dios, ante un enemigo que está armando cosas para engañarnos. Aleluya. ¿Cuántos lo entienden? Amén”, insiste después de leer el Evangelio.
“El pan nuestro de cada día es la Palabra de Dios y lo necesitamos para alimentar nuestro espíritu, fortalecernos y hacer frente a los tiempos que vivimos. ¿Cuántos lo están entendiendo?”, pregunta Aída al público. Entonces, la música cesa, toma la Biblia y la abre en Zacarías, 4. “Estamos viviendo el último tiempo. Lo demuestran, a nivel mundial, los terremotos, el mar que se levanta y los volcanes en erupción. Por eso, debemos estar despiertos, pendientes de la Palabra de Dios, ante un enemigo que está armando cosas para engañarnos. Aleluya. ¿Cuántos lo entienden? Amén”, insiste después de leer el Evangelio.
IV
La llegada del pastor Lalo Giménez, hermano del cabecilla de la Iglesia, interrumpe el discurso de Aída, que le da la bienvenida. Combo extraño, Lalo viste un jogging azul, que contrasta con los anillos y cadena de oro.
Mientras
el pastor habla de numerología, una anciana reparte un sobre para que coloquemos, a gusto, el
diezmo.
En el frente, dice: “Damos como herederos de Dios y coherederos de Cristo. 2012: reinaremos, gobernaremos, disfrutaremos. ¡Hecho está!”. Y atrás: “Y darás tu dinero, por toda cosa que tu deseares, y delante del Señor te alegrarás tú y tu familia”.
En el frente, dice: “Damos como herederos de Dios y coherederos de Cristo. 2012: reinaremos, gobernaremos, disfrutaremos. ¡Hecho está!”. Y atrás: “Y darás tu dinero, por toda cosa que tu deseares, y delante del Señor te alegrarás tú y tu familia”.
“La
gloria de Dios está aquí”, afirma el pastor, convencido, y propone cantar otra
canción. Todos se ponen de pie.
“Hoy estamos aquí, adorándote, cantándote a
ti, mi gran Señor. Quiero subir a tu monte santo y verte ahí, mi único Rey. Te
alabamos, Señor, con el corazón, y rindo mi ser ante ti, ¡oh, gran Señor!”,
suena de fondo.
Mientras
se escucha la canción, miro hacia mi izquierda y veo a Juana apoyada en la
pared. Y es que, para esta altura de la reunión, ya le cuesta sostenerse
parada. De repente, la prédica-show llega a su punto cúlmine. Escucho que Lalo grita: “¡Déjenla!” Lo miro y veo que dirige su mirada
hacia el fondo, a mi derecha. Volteo la cabeza y veo a una mujer de unos
cuarenta años, con los ojos cerrados, con los brazos levantados, haciendo un círculo con su torso.
Una señora intenta agarrarla, pero el pastor le dice que no la toque, que “es el Espíritu Santo que
se está haciendo presente”.
Todos la miran. El movimiento empieza a cambiar. Ahora lo hace para delante y
para atrás. Al ver que se tambalea, un hombre estira sus brazos para tenerla
cerca por si llega a caerse. Cada vez se pone peor. Ahora llora y la cara se le
va poniendo roja. Se lleva sus manos hacia el rostro y se seca las lágrimas.
Saca un pañuelito de papel tissue y se limpia. Ahora agita los brazos, mientras
el pastor le dice: “Aprovechá este momento para recibirlo todo”. De a poco, la
mujer va cesando sus movimientos. Y Lalo nos habla al resto: “No te preocupes
por lo que le pasa al otro, preocupate por recibir lo nuevo que Dios tiene para
nosotros en este día. Dios los está salvando. Aleluya. Algunos se pueden caer,
otros se pueden arrodillar, pero venimos aquí a buscar a Dios y Él se
manifiesta de la manera que quiere”.
Para ir finalizando la prédica, el pastor nos invita a poner enfermedades, tristezas, depresiones, soledad, trabajos...todo en las manos de Dios. Mira hacia arriba y afirma: “Ahora se van a abrir los cielos y preparate para recibir su autoridad”. E invoca una oración, que el público, de pie, repite tras las palabras del pastor. “Hecho, hecho... ¡hecho está!”, grita.
V
Lalo
corre el atril de vidrio hacia un costado, para que quede más lugar en el
centro. La gente empieza a hacer una fila para recibir su bendición y,
posteriormente, el que quiera, puede participar de la “Santa
Cena”, que simboliza la comunión. Aquí no hay ostias, como en
la misa católica, pero el cuerpo de Cristo está representado con migas de pan y
la sangre, con un minúsculo vasito de jugo de manzana, de unos cuatro
centímetros de alto.
Al
lado del pastor, una canasta celeste, apoyada en una silla, espera recibir el
mayor número de sobres posible, con la cantidad máxima de dinero que cada
feligrés quiera donar. Sin billetes pero con ansias de saber qué dice al
imponernos sus manos, hago la cola. Pero antes de que sea mi turno, tengo
frente a mí una de esas escenas televisivas típicas; una de esas historias que
cuentan de boca en boca. Una mujer muy gorda y de unos cincuenta años se desmaya. Nadie
se sorprende, nadie la toca. Dejan que reaccione y, cuando lo hace, la ayudan a
levantarse.
La chica que tengo delante de mí me deja pasar. Lalo me mira a los ojos en silencio. Hago lo mismo y sonrío. Estamos, apenas, a unos 40 centímetros de distancia. Le digo que no sé qué tengo que hacer, que es la primera vez que estoy en este lugar. Se ríe y me dice que no me preocupe. Con su mano izquierda sobre mi cabeza y con la derecha en mi hombro, me da la consigna: “Antes de salir, pedile a Dios algo que sea imposible de cumplir. Lo que quieras, pero que vos sepas que, si se da, fue gracias a Él. Y si es así, entonces después volvé y contanos tu experiencia. Vas a terminar el año con tu familia, llena de maravillas, en armonía. Que Dios te bendiga”.

Se podría decir que
la primera celebración del día terminó, pero en verdad no hay una distinción
clara entre lo que acabó y lo que va a venir. Enseguida, otra pastora toma el
micrófono. “Demos gracias al Señor por permitirnos estar aquí reunidos”, afirma
y da comienzo a la segunda función de la prédica-show, en la que, seguramente,
habrá desmayados y movimientos
epilépticos, y en la que se le ofrecerá al público música y una línea directa
con Dios. ¡Hecho
está!


un comentario que te puedo compartir ,actualmente no soy miembro de esa congregacion,pero solia visitarlo a principios de la decada del 90.en una de esas reuniones de esos tiempos,un dia me aserco triste a saludar a hector gimenes,el me da la mano y me pregunta ¿que te pasa? yo le contesto timidamente nada pero el me volvio a preguntar¿que te pasa? y le conte que estaba sin trabajo y que me sentia mal por eso,el puso su mano en mi frente y me profetiso que me iban a golpear la puerta de mi casa y me ivan a ofreser trabajo y asi sucedio al dia siguiente ocurrio como el me profetiso.parese algo de pelicula ,pero no tengo nesecidad de mentir,pero es bueno reconocer y ablar de cosas reales ya pasaron 23 años de esto y creo que en esta vida ay muchas cosas que pueden ser posibles y otras no,espero que te agrade mi comentario ya que no tiene intencionesreligiosas,.te dejo mis saludos
ResponderEliminarY que paso con lo imposible que le pediste a dios a ese dia???
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