16 de junio de 2010

La chica de los maíces

Con un frío tal que ni las palomas se dejaban ver en la plaza y se refugiaban entre las copas de los árboles, o con un calor que expulsaba a la gente del barrio a otros pagos, ella estaba siempre ahí, sobre los asientos de cemento que rodeaban al arenero, cuidando la pirámide de paquetes de maíz, que los chicos pedían a sus padres para poder alimentar a las aves.
Invierno o verano para ella eran iguales. Apenas cursaba los primeros años de primaria, pero eso no la eximía de tener que cuidar el puestito de golosinas, pochoclos y maíces que le daba de comer a su familia, o de ayudar a su papá a vender las primeras prestobarbas en Retiro, allá por los comienzos de los años ’90. Quizás allí estén las raíces de esta joven de 23 años, que cuando cuenta su historia parece que tuviera muchos más. Seguramente, esas fueron las épocas que empezaron a trazar una huella de amargura en su alma, que con el paso del tiempo no hizo otra cosa que agrandarse.
Eliana vivió sus primeros seis años de vida en un hotel del barrio porteño de San Telmo, hasta que sus padres, Elisa y Miguel, decidieron mudarse a Almagro porque no podían pagarlo más. Junto con su hermana Deborah, tres años menor, se instalaron en una pieza de una vivienda que pertenecía a vaya saber quién, en la esquina de Mario Bravo y Valentín Gómez. “Ahí no había problemas. Era toda gente pobre, laburadora, que no tenía la posibilidad de acceder a una vida mejor”, explica. Sin embargo, con tan pocos años de edad, tuvo que aprender a convivir con gente ajena a su familia; tuvo que conocer la tolerancia, para poder aguantar las discusiones y problemas de todos esos extraños y tuvo que saber el significado de compartir y de esperar, a la hora de utilizar el baño que era de todos.
Cuenta –aunque no hace falta que lo aclare- que su infancia fue muy dura. “No tenía lo que yo quería, materialmente hablando”, se queja. Pero sus carencias no terminaban ahí. Ella define a sus padres como “eternos buscas”, que intentaron de mil maneras salir adelante. Pero entre trabajo y trabajo se olvidaron de darle un poco más de amor. “No tenía mucha relación con mi familia. Mi papá estaba muy focalizado en él y mi mamá, en salir adelante y en él”, afirma.
Si bien su madre siempre fue una laburante, no trató de inculcarle el valor del trabajo como principio fundamental. “Al ser tan trabajadora y al no haber podido estudiar, ella siempre me incentivaba en el estudio. Y a mí me gustaba estudiar. Pero yo era realista y sabía que tenía que trabajar para conseguir las cosas que quería. Desde chica supe que trabajar era la solución”, sostiene.
Y así, su primer oficio fue en la plaza, cuando cuidaba el carrito mientras sus padres no estaban, mientras se perdía de jugar a la mancha o a la escondida con sus amigos, mientras tenía que inmiscuirse en conversaciones de adultos porque los demás chicos la estaban pasando bien. Además, como era la hermana mayor, dejaba que Deborah se divirtiera y ella sabía que le iba a tocar, pero más tarde. “Quizás por eso soy tan seria ahora”, reflexiona.
Chica de metas claras, desde que estaba en quinto grado de la Escuela nº 19, Florencio Balcarse, sabía que quería conseguir la beca que el colegio daba para hacer la secundaria en una institución privada. Y lo logró. Entró al colegio Inmaculada Concepción y así consiguió el primer triunfo en su vida. “Me sentí muy gratificada. Elegí ese porque ofrecía muchas cosas a las que yo no iba a poder acceder de otra forma”, explica. Pero esa felicidad tuvo su contracara también, ya que se sintió muy presionada porque la condición para mantener la beca era que no se llevara ninguna materia durante los cinco años. Sin embargo, lo consiguió y hasta pudo irse a Bariloche de viaje de egresadas con sus compañeras, para el que estuvo ahorrando desde los 16, cuando empezó a trabajar en un estudio contable.
Cuando tenía 14, sus padres estaban un poco mejor económicamente y pudieron mudarse a un departamento alquilado a una cuadra del colegio. Parecería que su suerte estaba cambiando, si no fuera porque en la intimidad de la familia Raffo las reglas de juego permanecían intactas y las responsabilidades que recaían sobre Eliana, con los años, fueron aumentando. Tanto, que llegó a ser el sostén emocional de sus padres, que la hacían partícipe de las discusiones o le preguntaban cómo actuar con su hermana, que desde chiquita fue la hija rebelde. “Cuando discutían, siempre me preguntaban a mí qué pensaba o me hablaban de plata. Parecía la mamá de mi mamá y de mi papá”, confiesa.
Y, de a poco, su familia se fue desmoronando. Sus padres se separaron cuando ella tenía 17 años y Miguel se convirtió en una de las tantas personas que duermen en la calle y en uno de los tantos esclavos que la droga se adepta para sí. Y eso fue muy duro para ella, que todavía hoy tiene una imagen muy idealizada de cómo deberían ser los padres. “Me afectó muchísimo, porque mis ideas están en lugares inalcanzables, intangibles. Para mí, mi papá era una persona que siempre salió adelante y esta vez no pudo. Colapsó”, sostiene.
Después de muchas idas y vueltas y de eternas discusiones, eligió no verlo más. La última vez que se encontraron fue en agosto del año pasado. Se pidieron disculpas, se dijeron que se querían y terminaron con un “adiós”.
Pero con su papá lejos de casa, los conflictos no se acabaron. Deborah también pasó por un problema con las drogas y Elisa dejó de ser la mamá que esperaba a sus hijas con la comida preparada y se dispuso a vivir su soltería. Eliana dejó de ser la consejera de la familia y pasó a ser, directamente, la no escuchada. “Ellas siempre son las protagonistas. No saben compartir. Lo importante es lo que les pasó a ellas, lo bien que les fue a ellas. Me minimizan todo el tiempo”, afirma.
La angustia que tenía era tal, que estaba afectando su labor en la empresa de seguros donde trabaja. Por eso empezó el psicólogo y, tras pasar por la experiencia de tomar dos pastillas que la dejaron “estúpida”, decidió que no seguiría estando mal por “las locuras de los demás”. Así, mucho más fuerte, y con una ferviente fe en Dios, en diciembre logró conseguir un premio por su desempeño, y en marzo, una felicitación.
Eliana ya dijo basta. Ahora mira para adelante, piensa en ella y en lo que va a venir. No imagina un futuro sin su novio, que desde hace cinco años es su fiel compañero y su sostén. Juntos, están buscando un departamento para mudarse y formar su propia familia, bien distinta de la que ella tuvo. Trata de superarse, pero hay algo que no va a poder hacer. No puede borrar el pasado, que seguirá vivo en ella, y no puede olvidar esos caminos por los que transitó y que signaron su historia y su manera de ser; que la hicieron, desde siempre, una joven-grande y que la convirtieron en esa chica de los maíces a la que ya no se quiere parecer.

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