
Gracias, Rodolfo
Operación Masacre: una joya del periodismo y la literatura argentina
Con este libro de investigación, Walsh inauguró el género conocido como no ficción y denunció atrocidades cometidas durante el gobierno de la autodenominada Revolución Libertadora. Aquí, un comentario de la obra y una síntesis de la vida del autor.
“Hay un fusilado que vive”, le dijo un hombre a Rodolfo Walsh a fines de 1956 y eso bastó para despertar en él la curiosidad que caracteriza a todo periodista y que, sin embargo, seis meses antes, cuando se sucedieron los asesinatos, había preferido acallar y seguir con su juego de ajedrez y sus novelas policiales.
Esa noticia fue el germen de una obra que abrió paso a una nueva modalidad literaria. Fue el punto inicial de Operación Masacre, el libro con el que Walsh creó el género conocido como no ficción o nuevo periodismo, y que constituyó una de las razones que lo consagraron como uno de los intelectuales comprometidos por excelencia de la Argentina que, a raíz de sus investigaciones y escritos, acabó por convertirse en uno de los 30 mil desaparecidos que dejó la última dictadura militar.
Con el general Pedro Aramburu como presidente de facto e Isaac Rojas como vice, el peronismo proscripto y un vasto número de presos políticos, el 9 de junio de 1956 los generales Juan José Valle y Raúl Tanco -que estaban en la clandestinidad- se sublevaron contra el gobierno autodenominado Revolución Libertadora, con el fin de lograr el cese de la persecución a los seguidores del ex presidente Juan Domingo Perón, la restitución de la Constitución de 1949 y la liberación de los militantes que estaban en las cárceles. Esta fue la denominada Revolución de Valle. Los insurrectos debían leer la proclama a las 23. Desde el Gobierno, se estaba al tanto de la posible revuelta. Sin embargo, eligieron no intervenir y un día antes apresaron a cientos de dirigentes gremiales para restar base social al movimiento. Finalmente, el levantamiento fue reprimido, arrestaron a cientos de militantes más y cinco personas murieron fusiladas, a pesar de haber sido arrestadas antes de dictarse la ley marcial.
Esa es la historia que Walsh se propuso desentrañar desde el momento en que, como dice el periodista e historiador Osvaldo Bayer “dejó de jugar al ajedrez y se asomó a ver qué pasaba”. Walsh afirma que, al escuchar el testimonio de uno de los sobrevivientes, Juan Carlos Livraga, se llenó de indignación y se sintió “insultado”. “Miro esa cara, el agujero en la mejilla, el agujero más grande en la garganta, la boca quebrada y los ojos opacos donde se ha quedado flotando una sombra de muerte. Livraga me cuenta su historia increíble; la creo en el acto”, confiesa el autor.
Livraga era uno de los sobrevivientes de los fusilamientos que se realizaron en la localidad bonaerense de José León Suárez la madrugada del 10 de junio de 1956. Él, junto con Nicolás Carranza, Francisco Garibotti, Rogelio Días, Carlos Lizaso, Norberto Gavino, Mario Brion y Vicente Rodríguez estaban en un departamento del barrio La Florida, en Vicente López, alquilado por Juan Carlos Torres. La mayoría llegó a ese lugar por casualidad, porque un amigo los invitó con la excusa de oír en la radio una pelea de boxeo. En el departamento del frente del ph estaban Horacio di Chiano y Miguel Ángel Giunta. Según los datos que Walsh recogió, los únicos que estaban al tanto del movimiento revolucionario que se realizaría esa noche eran Gavino y Torres. Alrededor de los demás, sobran las dudas. Por ejemplo, Nicolás Carranza era un peronista prófugo, pero no se puede afirmar que estaba involucrado en el levantamiento.
De repente se escucharon gritos. La policía y el ejército entraron a la casa de Di Chiano preguntando una y otra vez: “¿Dónde está Tanco?” –el general mencionado anteriormente, uno de los organizadores de la revuelta-. En ese momento, Torres estaba yendo hacia la casa de Don Horacio para usar el teléfono. Al ver que las autoridades se dirigían a su departamento, se dio a la fuga y pudo sobrevivir. Los demás fueron sacados a la calle y subidos a un colectivo. En ese instante, llegaron al departamento del fondo el policía Julio Troxler y su amigo Reinaldo Benavídez, y también fueron cargados al vehículo. Nadie sabía a dónde los llevaban. Terminaron en la Unidad Regional San Martín, cuyo jefe era Rodolfo Rodríguez Moreno, y, luego de un interrogatorio banal y casi sin conocerlos, los subieron de nuevo a un colectivo, alrededor de las 5 de la mañana los bajaron en los basurales de José León Suárez e intentaron acabar con sus vidas, a pesar de que habían sido detenidos antes de haberse dictado la ley marcial Algunos lograron escapar, pero la masacre dejó cinco muertos: Carranza, Garibotti, Rodríguez, Brión y Lizaso.
Al conocer a Livraga, Walsh se introdujo en un camino largo y difícil en búsqueda de la verdad. Se propuso la denuncia y el “esclarecimiento de unos hechos que inicialmente se presentaban confusos, perturbadores y hasta inverosímiles”, con la sola ayuda de otra periodista, Enriqueta Muñóz, y de algunos testimonios de las víctimas”, y en 1957 se dijo a sí mismo: “Este caso está en pie, y seguirá en pie todo el tiempo que sea necesario, meses o años”.
Lejos había quedado el niño oriundo de la localidad rionegrina de Choele-Choel, de familia conservadora, criado en un colegio de monjas irlandés, que a los ocho años soñaba con ser aviador. El escritor e historiador Roberto Baschetti explica que es necesario conocer el pasado de Walsh para entender su comportamiento una vez adulto. Cuenta que cuando tenía 10 años, su madre falleció y fue a vivir a un internado de la localidad de Moreno, en la provincia de Buenos Aires. Pero el Instituto Fahy no era el lugar más apto para la crianza de un niño. Se asimilaba más a una cárcel y fue allí cuando, según Baschetti, el pequeño Rodolfo ingresó sin saberlo a la política. “Allí se hace cristiano, pero también opositor a la Iglesia, a la Jerarquía, al Poder, al Abuso. Allí aprende a ser solidario con los abusados, con él mismo, y enemigo para siempre de los poderosos. Allí aprendió Walsh lo más duro de la lucha de los justos: que los que merecen justicia no siempre la obtienen y que deben organizarse para alcanzarla”, sostiene el escritor.
En 1956, lejos también estaba de sus oficios de lavacopas, obrero, oficinista de frigoríficos y comerciante de antigüedades. Su incursión en el periodismo fue a los 17 años, cuando comenzó a trabajar en la Editorial Hachette como traductor y corrector de pruebas, y a los 20, empezó a publicar sus primeros textos periodísticos. Paralelamente, también pasó por la facultad de Filosofía y Letras de la ciudad de La Plata, donde conoció a Elina Tejerían, la madre de sus dos hijas, Patricia y Victoria -quien, como él, murió en nombre del pueblo argentino. Recién en 1953 publicó su primer libro de cuentos, Variaciones en rojo, con el que había ganado el Premio Municipal de Literatura de Buenos Aires.
Pero al conocer a Livraga, su relación con la palabra cambió. Hubo un antes y un después en su vida. Fue entonces que comenzó a abandonar las novelas policiales, en las que se venía desenvolviendo, para convertirse en un escritor político. Fue ahí donde empezó la investigación que durante casi un año lo llevó a vivir en una casa en el Tigre, con un nombre falso –Francisco Freyre-, acompañado de un revólver y de las imágenes de la madrugada del 10 de junio que volvían una y otra vez a su cabeza.
En sus primeros pasos de indagación, Walsh se enteró de que había un segundo sobreviviente: Miguel Ángel Giunta. Luego, cuando fue con Muñóz al lugar exacto en el que se habían realizado los fusilamientos, recibió la noticia de que Horacio di Chiano también vivía. Al día siguiente, llegó una carta anónima al diario en el que trabajaba en la que le decían que Gavino también había logrado escapar y que estaba refugiado en la embajada de Bolivia. Cuando fue a su encuentro, se cruzó con Torres, quien, afortunadamente, había podido fugarse y no llegó a vivir el infierno de los basurales. Éste le habló de Troxler y Benavídez y de alguien más que no recordaba el nombre, Rogelio Díaz. Finalmente, los sobrevivientes fueron siete.
Después de hablar con ellos, con familiares, conspiradores, asilados y delatores, decidió dar a conocer la historia. Pero no le fue fácil, pues nadie se animaba a publicarla. Al respecto, afirmó: “Esta es la historia que escribo en caliente y de un tirón, para que no me ganen de mano, pero que después se me va arrugando día a día en un bolsillo porque la paseo por todo Buenos Aires y nadie me la quiere publicar y casi ni enterarse”. Y recién en mayo de 1957 –hasta julio de ese año- pudo sacarla a la luz en la revista Mayoría.
Por lo dicho hasta ahora, Operación Masacre constituye una verdadera obra de investigación periodística, resultado de la necesidad de Walsh de denunciar las atrocidades cometidas por el gobierno de facto, y que constituyeron sólo un anticipo del terrorismo de Estado llevado a cabo a partir de la década del ’70. El libro se ajusta con exactitud a las características que el periodista norteamericano Bob Green señaló respecto del periodismo de investigación: “La historia debe ser el producto de una investigación original del periodista, no de la reescritura de algo que hizo otro; la información tiene que ser relevante para el público al cual está dirigida; y aquello que sea revelado debe contener algo que alguien quiere ocultar”. Y, efectivamente, la obra de Walsh cumple todos los requisitos: como ya se dijo, fue producto de su esfuerzo y de su propio trabajo de indagación, y la información que logró conseguir fue sumamente importante desde el punto de vista político, porque sacó a la luz la violencia que desplegaba el orden vigente, que hizo suya la técnica de la tortura con total impunidad, y procuró mantener en las sombras los numerosos asesinatos que se llevaron a cabo.
Walsh supo conjugar su interés por el periodismo y su compromiso político con la literatura. Operación Masacre acabó por ser un híbrido que dotó de un aire de novedad a la historia literaria del siglo XX, en tanto, después de haber investigado los hechos, el autor decidió presentarlos mediante procedimientos ficcionales. Del periodismo tomó la noticia, el perfil, la búsqueda incansable de información, la precisión de sus palabras y la necesidad de documentar los datos; la entrevista, el análisis y la opinión. Pero la exposición de la historia la hizo mediante técnicas literarias. Eligió la reconstrucción de los hechos utilizando un narrador, descripciones y tomando prestado del género policial la construcción del suspenso en la narración, las interrogaciones, los enigmas, los saltos temporales, la búsqueda de un/os culpable/s y el deseo de que pague/n.
Operación Masacre está dividida en tres partes. En la primera, Las personas, Walsh presenta a quienes estuvieron en la casa de La Florida el 9 de junio. En cada caso, realiza un mini retrato del personaje y utiliza la descripción para brindar información acerca de su hogar, su familia, sus hábitos, su ideología política y la causa por la que cada uno estaba en ese ph la noche de los fusilamientos. También nombra a “Marcelo”, amigo de Don Pedro Lizaso, que esa noche tenía que velar por la seguridad de su hijo, Carlos Lizaso. Él fue quien proveyó mayoritariamente la información respecto de “Carlitos” y luego se convirtió en terrorista.
La segunda parte se titula Los hechos. Aquí, el autor narra la detención de los hombres presentados en la primera, su traslado hacia la comisaría y, de ahí, hacia el lugar donde se produjeron los fusilamientos, y las peripecias de los sobrevivientes.
Por último, en La evidencia, Walsh transcribe las declaraciones de los involucrados en el caso, que terminan por probar lo que él afirmó desde el comienzo: “Que se detuvo a un grupo de hombres antes de entrar en vigencia la ley marcial, que no se les instruyó proceso, no se averiguó quiénes eran, no se les dictó sentencia y se los masacró en un descampado”.
El título de esta última parte no tiene un significado menor. Era fundamental para los fines de denuncia del periodista presentar todas las pruebas que justificaran sus palabras. “No hay un solo dato importante en el texto de Operación Masacre que no esté fundado en el testimonio coincidente y superpuesto de tres o cuatro personas, y a veces más”, explica en el libro. Esto habla del verdadero compromiso del autor, que no por terminar su obra antes, prefirió transmitir ciertos datos imprecisos o falsos por no cotejarlos.
En su declaración, el jefe de la policía bonaerense, Desiderio Fernández Suárez no hace otra cosa que confirmar lo que Walsh venía investigando. Y sus palabras tenían tanto peso en sí mismas, que el autor decidió correrse y advertirle al receptor a qué debía prestarle atención: “Aquí quiero pedir al lector que descrea de lo que yo he narrado, que desconfíe del sonido de las palabras, de los posibles trucos verbales a que acude cualquier periodista cuando quiere probar algo, y que crea solamente en aquello que, coincidiendo conmigo, dijo Fernández Suárez”.
Esta declaración se agrega a la de Livraga; la de Giunta; la del teniente de fragata Jorge Dilllon; la del inspector mayor de la Unidad Regional de San Martín, Rodolfo Rodríguez Moreno; y a la del ex subjefe, el comisario Cuello, entre otras. Se suma, también, a los fallos de los jueces a los Walsh tuvo acceso y publicó en su libro. Y como la cuestión fundamental era la hora de dictado de la ley marcial, el periodista presentó una copia del libro de locutores de Radio del Estado, que daba cuenta que la promulgación fue a las 00:32 del 10 de junio.
El compromiso político del autor ha ido variando a lo largo del tiempo. Como dice él en Yo, Rodolfo, pasó del “mero nacionalismo a la izquierda”. Entre 1945 y 1947 formó parte de la Alianza Libertadora Nacionalista, agrupación a la que años más tarde calificó de nazi. En octubre de 1956 adhirió al peronismo. En 1959 viajó a Cuba y asistió a uno de los acontecimientos más importantes del siglo, la Revolución Cubana, en 1960. Allí, junto con algunos colegas –Jorge Masetti, Rogelio García Lupo y Gabriel García Márquez- fundó la agencia Prensa Latina, producto de su interés por la política y su compromiso con la sociedad. Esto despertó otro costado del multifacético Walsh: como criptógrafo aficionado, en el cargo de jefe de Servicios Especiales del Departamento de Informaciones de la agencia, descubrió, a través de unos cables comerciales, la invasión a Bahía de Cochinos, en Cuba, instrumentada por la CIA.
Cuando regresó a Buenos Aires, trabajó en las revistas Primera Plana, Panorama, y fundó el semanario de la CGT de los Argentinos. Desde el ’70 al ’73 militó en el Peronismo de Base, hasta que ingresó, ese año, a Montoneros. En 1972 escribió durante un año en el Semanario Villero y a partir del ’73 en el diario Noticias. En 1969 publicó otra de sus grandes obras de non fiction, ¿Quién mató a Rosendo?, y en el ’73, El caso Satanovsky.
En Montoneros su nombre de guerra era Esteban, y luego fue conocido como “El Capitán”, “Profesor Neurus” o “Neurus”. Sin embargo, ya en 1974 comenzaron las discrepancias con la organización armada, cuando Mario Firmenich decidió el paso a la clandestinidad. A finales de 1975, algunos oficiales, entre los que estaba Walsh, comenzaron a elaborar documentos afirmando que Montoneros debía “volver a integrarse al pueblo, separar a la organización en células de combate independientes, distribuir el dinero entre las mismas y tratar de organizar una resistencia masiva, basada en la inserción popular”. Y resignado, dijo: “Esta batalla está perdida”. Walsh consideraba que debían admitir la derrota para evitar el exterminio de militantes, porque era imposible enfrentar a todas las Fuerzas Armadas. “Si corregimos nuestros errores, volveremos a convertirnos en una alternativa de poder. Tenemos todo el tiempo necesario, si lo sabemos usar”, afirmó.
A raíz de la censura reinante durante la dictadura militar, en 1976 creó la Agencia de Noticias Clandestina ANCLA. Ya en 1972 le había escrito una carta al poeta cubano Roberto Fernández Retamar, en la que le contaba: “Comprenderás que las únicas cosas sobre las que uno podría o desearía escribir son aquellas que precisamente no puede escribir, ni mencionar; los únicos héroes posibles, los revolucionarios, necesitan del silencio; toda verdad transcurre por abajo, igual que toda esperanza”. Por eso, en 1976 propuso la “cadena informativa”, que consistía en pasar las noticias de mano en mano. Walsh pedía: “Reproduzca esta información, hágala circular por los medios a su alcance. Mande copias a sus amigos: nueve de cada diez las estarán esperando. Millones quieren ser informados. El terror se basa en la incomunicación. Rompa el aislamiento. Vuelva a sentir la satisfacción moral de un acto de libertad. Derrote el terror. Haga circular esta información”.
El miedo se había vuelto el sentimiento más eficaz a los fines del gobierno militar, y la violencia, su medio de ejecución. A través de ella, pretendían lograr instaurar en la población un temor capaz de mantenerla dócil. Si cuando, en 1957, Walsh quiso dar a conocer Operación Masacre tuvo que recorrer un largo camino porque nadie se la quería publicar por temor a represalias, ahora ese miedo se había convertido en terror.
De eso habló Walsh en la Carta a Vicki, que murió en combate con las fuerzas del Ejército, en calidad de Oficial 2º de Montoneros, el día en que cumplía 26 años.
En la Carta a mis Amigos, que el periodista escribió para agradecerle a las personas que estuvieron con él y explicarles cómo y por qué había muerto su hija, cuenta que Vicki había ingresado a la organización a los 22 años y estaba a cargo de la Prensa Sindical. La define como dueña de decisiones “firmes y claras” y dice que tenía una obsesión por crear medios de comunicación en el frente sindical. Debido a sus respectivos cargos en Montoneros, se veían muy poco. Quizás se encontraban en un banco de plaza diez minutos o se cruzaban caminando por la calle. Dice que había en ellos una mínima ilusión de poder vivir tranquilos, en familia, pero enseguida aclara: “Presentíamos, sin embargo, que eso no iba a ocurrir, que uno de esos fugaces encuentros iba a ser el último, y nos despedimos simulando valor, consolándonos de la anticipada pérdida”.
El autor de Operación Masacre explica que su hija estaba dispuesta a no entregarse con vida y que llevaba siempre consigo una pastilla de cianuro. Y el día en que la encontraron en una casa junto tres personas más, después de que habían matado a dos de ellos en la planta baja, ella y uno de sus compañeros, se pegaron un tiro en la sien.
En la carta que le dedicó a su hija, el 1 de octubre de 1976, escribió: “Muchas veces lo temía. Pensaba que era excesiva suerte no ser golpeado, cuando tantos otros son golpeados. Sí, tuve miedo por vos, como vos tuviste miedo por mí, aunque no lo decíamos. Ahora el miedo es aflicción. Se muy bien por qué cosas has vivido, combatido. Estoy orgulloso de esas cosas”.
Orgullo es exactamente lo que ese padre sentía por su hija, que había seguido el mismo camino que él - el de la lucha por lo que consideraban justo y por la defensa y liberación del pueblo-, y en la carta dirigida a sus amigos, Walsh sostuvo: “Vicki pudo elegir otros caminos que eran distintos sin ser deshonrosos, pero el que eligió era el más justo, el más generoso, el más razonado. No vivió para ella, vivió para otros, y esos otros son millones. Su muerte sí, su muerte fue gloriosamente suya, y en ese orgullo me afirmo y soy quien renace de ella”.
Hundido en su dolor, pero no por eso derrotado, el 24 de marzo de 1977 publicó un documento insoslayable para la historia del país y para su propia vida: La Carta Abierta a la Junta Militar. Y con su firma, signó también su sentencia de muerte. En ella no se privó de hablar de nada: desde la censura impuesta a los órganos de prensa, las injusticias, la debacle económica y social de la Argentina, hasta la violencia desaforada, los secuestros y las torturas habituales.
Vale la pena conocer parte de sus propias palabras: “Lo que ustedes llaman aciertos son errores, los que reconocen como errores son crímenes y lo que omiten son calamidades. Explotan al pueblo y disgregan la Nación, prohibiendo los partidos, interviniendo los sindicatos, amordazando la prensa e implantando el terror más profundo que ha conocido la sociedad argentina. Quince mil desaparecidos, diez mil presos, cuatro mil muertos, decenas de miles de desterrados son la cifra desnuda de ese terror. Secuestros que permiten la tortura sin límite y el fusilamiento sin juicio. Mediante sucesivas concesiones al supuesto de que el fin de exterminar a la guerrilla justifica todos los medios que usan, han llegado ustedes a la tortura absoluta. Muchos de esos rehenes son simples sospechosos. En un año han reducido ustedes el salario real de los trabajadores al 40%, elevando la desocupación”. Y concluye: “Estas son las reflexiones que en el primer aniversario de su infausto gobierno he querido hacer llegar a los miembros de esa Junta, sin esperanza de ser escuchado, con la certeza de ser perseguido, pero fiel al compromiso que asumí hace mucho tiempo de dar testimonio en momentos difíciles”.
Un día después de enviarla mediante correo, en el cruce de las avenidas porteñas San Juan y Entre Ríos, fue hallado por un grupo de tareas de la Escuela de Mecánica de la Armada. Intentó defenderse con un arma calibre 22, pero fue en vano. Desde allí, nada de sabe de él.
Volviendo a Operación Masacre, el libro es una joya del periodismo y la literatura. Con ella, Walsh inauguró un género en 1957 –a pesar de que suelen destacar a A sangre Fría, del estadounidense Truman Capote, como el primer ejemplar del Nuevo Periodismo. Pero sobre todo, intentó descubrir las ollas tapadas, desnudar las injusticias del poder de turno, las desmesuras, los abusos de autoridad por vestir un uniforme o contar con la protección del Poder Judicial, para con ello, abrir la conciencia del pueblo y despertar en él la disposición a la acción. Prepararlo para que otros acontecimientos semejantes no lo tomen desprevenido, y evitar que se sucedan atrocidades semejantes. En la introducción a la primera edición, sostiene: “Esta obra persigue el aniquilamiento a corto o largo plazo de los asesinos impunes, de los torturadores, de los técnicos de la picana que permanecen a pesar de los cambios de gobierno”. Y agrega: “Investigué y relaté estos hechos tremendos para darlos a conocer en la forma más amplia, para que inspiren espanto, para que no puedan jamás volver a repetirse”. 20 años después, se habrá dado cuenta de lo iluso que era su objetivo con Operación Masacre.
Ya en 1964, en el epílogo de la segunda edición, hace un balance de los logros y los fracasos. Dice que fue una victoria llegar al esclarecimiento de los hechos y haber superado el miedo, pero que las frustraciones fueron mayores. Él quería que los sobrevivientes y familiares de víctimas fueran objeto de algún tipo de reconocimiento, que Fernández Suárez sea juzgado, destituido y castigado. Pero nada de eso sucedió. Entonces, cuenta que se preguntó si lo que él perseguía no era una quimera, si la sociedad argentina necesitaba enterarse de esas cosas. Pero que no tenía respuestas. “Se comprenderá que haya perdido la ilusión en la justicia, en la reparación, en la democracia y en lo que una vez fue mi oficio”. Y se pregunta si la volvería a escribir.
Hoy, a 53 años de la publicación de su libro y a 34 del último golpe militar, quizá los lectores como yo podemos decirle gracias y preguntarle ¿¡Qué importa cuán soñador haya sido su objetivo, si sirvió para conocer nuestra historia!?; si todavía hoy, y en el futuro, la gente puede leer Operación Masacre y disfrutar de una obra maestra, al mismo tiempo que puede indignarse ante los hechos narrados; si estudiantes de periodismo lo toman a él como modelo de un hombre fuerte e íntegro, que sirvió a la Patria y combatió con la palabra en su lucha por la verdad, la libertad y la justicia; y si el pueblo argentino ve a esa operación masacre como un ejemplo que no se debe repetir.
“Hay un fusilado que vive”, le dijo un hombre a Rodolfo Walsh a fines de 1956 y eso bastó para despertar en él la curiosidad que caracteriza a todo periodista y que, sin embargo, seis meses antes, cuando se sucedieron los asesinatos, había preferido acallar y seguir con su juego de ajedrez y sus novelas policiales.
Esa noticia fue el germen de una obra que abrió paso a una nueva modalidad literaria. Fue el punto inicial de Operación Masacre, el libro con el que Walsh creó el género conocido como no ficción o nuevo periodismo, y que constituyó una de las razones que lo consagraron como uno de los intelectuales comprometidos por excelencia de la Argentina que, a raíz de sus investigaciones y escritos, acabó por convertirse en uno de los 30 mil desaparecidos que dejó la última dictadura militar.
Con el general Pedro Aramburu como presidente de facto e Isaac Rojas como vice, el peronismo proscripto y un vasto número de presos políticos, el 9 de junio de 1956 los generales Juan José Valle y Raúl Tanco -que estaban en la clandestinidad- se sublevaron contra el gobierno autodenominado Revolución Libertadora, con el fin de lograr el cese de la persecución a los seguidores del ex presidente Juan Domingo Perón, la restitución de la Constitución de 1949 y la liberación de los militantes que estaban en las cárceles. Esta fue la denominada Revolución de Valle. Los insurrectos debían leer la proclama a las 23. Desde el Gobierno, se estaba al tanto de la posible revuelta. Sin embargo, eligieron no intervenir y un día antes apresaron a cientos de dirigentes gremiales para restar base social al movimiento. Finalmente, el levantamiento fue reprimido, arrestaron a cientos de militantes más y cinco personas murieron fusiladas, a pesar de haber sido arrestadas antes de dictarse la ley marcial.
Esa es la historia que Walsh se propuso desentrañar desde el momento en que, como dice el periodista e historiador Osvaldo Bayer “dejó de jugar al ajedrez y se asomó a ver qué pasaba”. Walsh afirma que, al escuchar el testimonio de uno de los sobrevivientes, Juan Carlos Livraga, se llenó de indignación y se sintió “insultado”. “Miro esa cara, el agujero en la mejilla, el agujero más grande en la garganta, la boca quebrada y los ojos opacos donde se ha quedado flotando una sombra de muerte. Livraga me cuenta su historia increíble; la creo en el acto”, confiesa el autor.
Livraga era uno de los sobrevivientes de los fusilamientos que se realizaron en la localidad bonaerense de José León Suárez la madrugada del 10 de junio de 1956. Él, junto con Nicolás Carranza, Francisco Garibotti, Rogelio Días, Carlos Lizaso, Norberto Gavino, Mario Brion y Vicente Rodríguez estaban en un departamento del barrio La Florida, en Vicente López, alquilado por Juan Carlos Torres. La mayoría llegó a ese lugar por casualidad, porque un amigo los invitó con la excusa de oír en la radio una pelea de boxeo. En el departamento del frente del ph estaban Horacio di Chiano y Miguel Ángel Giunta. Según los datos que Walsh recogió, los únicos que estaban al tanto del movimiento revolucionario que se realizaría esa noche eran Gavino y Torres. Alrededor de los demás, sobran las dudas. Por ejemplo, Nicolás Carranza era un peronista prófugo, pero no se puede afirmar que estaba involucrado en el levantamiento.
De repente se escucharon gritos. La policía y el ejército entraron a la casa de Di Chiano preguntando una y otra vez: “¿Dónde está Tanco?” –el general mencionado anteriormente, uno de los organizadores de la revuelta-. En ese momento, Torres estaba yendo hacia la casa de Don Horacio para usar el teléfono. Al ver que las autoridades se dirigían a su departamento, se dio a la fuga y pudo sobrevivir. Los demás fueron sacados a la calle y subidos a un colectivo. En ese instante, llegaron al departamento del fondo el policía Julio Troxler y su amigo Reinaldo Benavídez, y también fueron cargados al vehículo. Nadie sabía a dónde los llevaban. Terminaron en la Unidad Regional San Martín, cuyo jefe era Rodolfo Rodríguez Moreno, y, luego de un interrogatorio banal y casi sin conocerlos, los subieron de nuevo a un colectivo, alrededor de las 5 de la mañana los bajaron en los basurales de José León Suárez e intentaron acabar con sus vidas, a pesar de que habían sido detenidos antes de haberse dictado la ley marcial Algunos lograron escapar, pero la masacre dejó cinco muertos: Carranza, Garibotti, Rodríguez, Brión y Lizaso.
Al conocer a Livraga, Walsh se introdujo en un camino largo y difícil en búsqueda de la verdad. Se propuso la denuncia y el “esclarecimiento de unos hechos que inicialmente se presentaban confusos, perturbadores y hasta inverosímiles”, con la sola ayuda de otra periodista, Enriqueta Muñóz, y de algunos testimonios de las víctimas”, y en 1957 se dijo a sí mismo: “Este caso está en pie, y seguirá en pie todo el tiempo que sea necesario, meses o años”.
Lejos había quedado el niño oriundo de la localidad rionegrina de Choele-Choel, de familia conservadora, criado en un colegio de monjas irlandés, que a los ocho años soñaba con ser aviador. El escritor e historiador Roberto Baschetti explica que es necesario conocer el pasado de Walsh para entender su comportamiento una vez adulto. Cuenta que cuando tenía 10 años, su madre falleció y fue a vivir a un internado de la localidad de Moreno, en la provincia de Buenos Aires. Pero el Instituto Fahy no era el lugar más apto para la crianza de un niño. Se asimilaba más a una cárcel y fue allí cuando, según Baschetti, el pequeño Rodolfo ingresó sin saberlo a la política. “Allí se hace cristiano, pero también opositor a la Iglesia, a la Jerarquía, al Poder, al Abuso. Allí aprende a ser solidario con los abusados, con él mismo, y enemigo para siempre de los poderosos. Allí aprendió Walsh lo más duro de la lucha de los justos: que los que merecen justicia no siempre la obtienen y que deben organizarse para alcanzarla”, sostiene el escritor.
En 1956, lejos también estaba de sus oficios de lavacopas, obrero, oficinista de frigoríficos y comerciante de antigüedades. Su incursión en el periodismo fue a los 17 años, cuando comenzó a trabajar en la Editorial Hachette como traductor y corrector de pruebas, y a los 20, empezó a publicar sus primeros textos periodísticos. Paralelamente, también pasó por la facultad de Filosofía y Letras de la ciudad de La Plata, donde conoció a Elina Tejerían, la madre de sus dos hijas, Patricia y Victoria -quien, como él, murió en nombre del pueblo argentino. Recién en 1953 publicó su primer libro de cuentos, Variaciones en rojo, con el que había ganado el Premio Municipal de Literatura de Buenos Aires.
Pero al conocer a Livraga, su relación con la palabra cambió. Hubo un antes y un después en su vida. Fue entonces que comenzó a abandonar las novelas policiales, en las que se venía desenvolviendo, para convertirse en un escritor político. Fue ahí donde empezó la investigación que durante casi un año lo llevó a vivir en una casa en el Tigre, con un nombre falso –Francisco Freyre-, acompañado de un revólver y de las imágenes de la madrugada del 10 de junio que volvían una y otra vez a su cabeza.
En sus primeros pasos de indagación, Walsh se enteró de que había un segundo sobreviviente: Miguel Ángel Giunta. Luego, cuando fue con Muñóz al lugar exacto en el que se habían realizado los fusilamientos, recibió la noticia de que Horacio di Chiano también vivía. Al día siguiente, llegó una carta anónima al diario en el que trabajaba en la que le decían que Gavino también había logrado escapar y que estaba refugiado en la embajada de Bolivia. Cuando fue a su encuentro, se cruzó con Torres, quien, afortunadamente, había podido fugarse y no llegó a vivir el infierno de los basurales. Éste le habló de Troxler y Benavídez y de alguien más que no recordaba el nombre, Rogelio Díaz. Finalmente, los sobrevivientes fueron siete.
Después de hablar con ellos, con familiares, conspiradores, asilados y delatores, decidió dar a conocer la historia. Pero no le fue fácil, pues nadie se animaba a publicarla. Al respecto, afirmó: “Esta es la historia que escribo en caliente y de un tirón, para que no me ganen de mano, pero que después se me va arrugando día a día en un bolsillo porque la paseo por todo Buenos Aires y nadie me la quiere publicar y casi ni enterarse”. Y recién en mayo de 1957 –hasta julio de ese año- pudo sacarla a la luz en la revista Mayoría.
Por lo dicho hasta ahora, Operación Masacre constituye una verdadera obra de investigación periodística, resultado de la necesidad de Walsh de denunciar las atrocidades cometidas por el gobierno de facto, y que constituyeron sólo un anticipo del terrorismo de Estado llevado a cabo a partir de la década del ’70. El libro se ajusta con exactitud a las características que el periodista norteamericano Bob Green señaló respecto del periodismo de investigación: “La historia debe ser el producto de una investigación original del periodista, no de la reescritura de algo que hizo otro; la información tiene que ser relevante para el público al cual está dirigida; y aquello que sea revelado debe contener algo que alguien quiere ocultar”. Y, efectivamente, la obra de Walsh cumple todos los requisitos: como ya se dijo, fue producto de su esfuerzo y de su propio trabajo de indagación, y la información que logró conseguir fue sumamente importante desde el punto de vista político, porque sacó a la luz la violencia que desplegaba el orden vigente, que hizo suya la técnica de la tortura con total impunidad, y procuró mantener en las sombras los numerosos asesinatos que se llevaron a cabo.
Walsh supo conjugar su interés por el periodismo y su compromiso político con la literatura. Operación Masacre acabó por ser un híbrido que dotó de un aire de novedad a la historia literaria del siglo XX, en tanto, después de haber investigado los hechos, el autor decidió presentarlos mediante procedimientos ficcionales. Del periodismo tomó la noticia, el perfil, la búsqueda incansable de información, la precisión de sus palabras y la necesidad de documentar los datos; la entrevista, el análisis y la opinión. Pero la exposición de la historia la hizo mediante técnicas literarias. Eligió la reconstrucción de los hechos utilizando un narrador, descripciones y tomando prestado del género policial la construcción del suspenso en la narración, las interrogaciones, los enigmas, los saltos temporales, la búsqueda de un/os culpable/s y el deseo de que pague/n.
Operación Masacre está dividida en tres partes. En la primera, Las personas, Walsh presenta a quienes estuvieron en la casa de La Florida el 9 de junio. En cada caso, realiza un mini retrato del personaje y utiliza la descripción para brindar información acerca de su hogar, su familia, sus hábitos, su ideología política y la causa por la que cada uno estaba en ese ph la noche de los fusilamientos. También nombra a “Marcelo”, amigo de Don Pedro Lizaso, que esa noche tenía que velar por la seguridad de su hijo, Carlos Lizaso. Él fue quien proveyó mayoritariamente la información respecto de “Carlitos” y luego se convirtió en terrorista.
La segunda parte se titula Los hechos. Aquí, el autor narra la detención de los hombres presentados en la primera, su traslado hacia la comisaría y, de ahí, hacia el lugar donde se produjeron los fusilamientos, y las peripecias de los sobrevivientes.
Por último, en La evidencia, Walsh transcribe las declaraciones de los involucrados en el caso, que terminan por probar lo que él afirmó desde el comienzo: “Que se detuvo a un grupo de hombres antes de entrar en vigencia la ley marcial, que no se les instruyó proceso, no se averiguó quiénes eran, no se les dictó sentencia y se los masacró en un descampado”.
El título de esta última parte no tiene un significado menor. Era fundamental para los fines de denuncia del periodista presentar todas las pruebas que justificaran sus palabras. “No hay un solo dato importante en el texto de Operación Masacre que no esté fundado en el testimonio coincidente y superpuesto de tres o cuatro personas, y a veces más”, explica en el libro. Esto habla del verdadero compromiso del autor, que no por terminar su obra antes, prefirió transmitir ciertos datos imprecisos o falsos por no cotejarlos.
En su declaración, el jefe de la policía bonaerense, Desiderio Fernández Suárez no hace otra cosa que confirmar lo que Walsh venía investigando. Y sus palabras tenían tanto peso en sí mismas, que el autor decidió correrse y advertirle al receptor a qué debía prestarle atención: “Aquí quiero pedir al lector que descrea de lo que yo he narrado, que desconfíe del sonido de las palabras, de los posibles trucos verbales a que acude cualquier periodista cuando quiere probar algo, y que crea solamente en aquello que, coincidiendo conmigo, dijo Fernández Suárez”.
Esta declaración se agrega a la de Livraga; la de Giunta; la del teniente de fragata Jorge Dilllon; la del inspector mayor de la Unidad Regional de San Martín, Rodolfo Rodríguez Moreno; y a la del ex subjefe, el comisario Cuello, entre otras. Se suma, también, a los fallos de los jueces a los Walsh tuvo acceso y publicó en su libro. Y como la cuestión fundamental era la hora de dictado de la ley marcial, el periodista presentó una copia del libro de locutores de Radio del Estado, que daba cuenta que la promulgación fue a las 00:32 del 10 de junio.
El compromiso político del autor ha ido variando a lo largo del tiempo. Como dice él en Yo, Rodolfo, pasó del “mero nacionalismo a la izquierda”. Entre 1945 y 1947 formó parte de la Alianza Libertadora Nacionalista, agrupación a la que años más tarde calificó de nazi. En octubre de 1956 adhirió al peronismo. En 1959 viajó a Cuba y asistió a uno de los acontecimientos más importantes del siglo, la Revolución Cubana, en 1960. Allí, junto con algunos colegas –Jorge Masetti, Rogelio García Lupo y Gabriel García Márquez- fundó la agencia Prensa Latina, producto de su interés por la política y su compromiso con la sociedad. Esto despertó otro costado del multifacético Walsh: como criptógrafo aficionado, en el cargo de jefe de Servicios Especiales del Departamento de Informaciones de la agencia, descubrió, a través de unos cables comerciales, la invasión a Bahía de Cochinos, en Cuba, instrumentada por la CIA.
Cuando regresó a Buenos Aires, trabajó en las revistas Primera Plana, Panorama, y fundó el semanario de la CGT de los Argentinos. Desde el ’70 al ’73 militó en el Peronismo de Base, hasta que ingresó, ese año, a Montoneros. En 1972 escribió durante un año en el Semanario Villero y a partir del ’73 en el diario Noticias. En 1969 publicó otra de sus grandes obras de non fiction, ¿Quién mató a Rosendo?, y en el ’73, El caso Satanovsky.
En Montoneros su nombre de guerra era Esteban, y luego fue conocido como “El Capitán”, “Profesor Neurus” o “Neurus”. Sin embargo, ya en 1974 comenzaron las discrepancias con la organización armada, cuando Mario Firmenich decidió el paso a la clandestinidad. A finales de 1975, algunos oficiales, entre los que estaba Walsh, comenzaron a elaborar documentos afirmando que Montoneros debía “volver a integrarse al pueblo, separar a la organización en células de combate independientes, distribuir el dinero entre las mismas y tratar de organizar una resistencia masiva, basada en la inserción popular”. Y resignado, dijo: “Esta batalla está perdida”. Walsh consideraba que debían admitir la derrota para evitar el exterminio de militantes, porque era imposible enfrentar a todas las Fuerzas Armadas. “Si corregimos nuestros errores, volveremos a convertirnos en una alternativa de poder. Tenemos todo el tiempo necesario, si lo sabemos usar”, afirmó.
A raíz de la censura reinante durante la dictadura militar, en 1976 creó la Agencia de Noticias Clandestina ANCLA. Ya en 1972 le había escrito una carta al poeta cubano Roberto Fernández Retamar, en la que le contaba: “Comprenderás que las únicas cosas sobre las que uno podría o desearía escribir son aquellas que precisamente no puede escribir, ni mencionar; los únicos héroes posibles, los revolucionarios, necesitan del silencio; toda verdad transcurre por abajo, igual que toda esperanza”. Por eso, en 1976 propuso la “cadena informativa”, que consistía en pasar las noticias de mano en mano. Walsh pedía: “Reproduzca esta información, hágala circular por los medios a su alcance. Mande copias a sus amigos: nueve de cada diez las estarán esperando. Millones quieren ser informados. El terror se basa en la incomunicación. Rompa el aislamiento. Vuelva a sentir la satisfacción moral de un acto de libertad. Derrote el terror. Haga circular esta información”.
El miedo se había vuelto el sentimiento más eficaz a los fines del gobierno militar, y la violencia, su medio de ejecución. A través de ella, pretendían lograr instaurar en la población un temor capaz de mantenerla dócil. Si cuando, en 1957, Walsh quiso dar a conocer Operación Masacre tuvo que recorrer un largo camino porque nadie se la quería publicar por temor a represalias, ahora ese miedo se había convertido en terror.
De eso habló Walsh en la Carta a Vicki, que murió en combate con las fuerzas del Ejército, en calidad de Oficial 2º de Montoneros, el día en que cumplía 26 años.
En la Carta a mis Amigos, que el periodista escribió para agradecerle a las personas que estuvieron con él y explicarles cómo y por qué había muerto su hija, cuenta que Vicki había ingresado a la organización a los 22 años y estaba a cargo de la Prensa Sindical. La define como dueña de decisiones “firmes y claras” y dice que tenía una obsesión por crear medios de comunicación en el frente sindical. Debido a sus respectivos cargos en Montoneros, se veían muy poco. Quizás se encontraban en un banco de plaza diez minutos o se cruzaban caminando por la calle. Dice que había en ellos una mínima ilusión de poder vivir tranquilos, en familia, pero enseguida aclara: “Presentíamos, sin embargo, que eso no iba a ocurrir, que uno de esos fugaces encuentros iba a ser el último, y nos despedimos simulando valor, consolándonos de la anticipada pérdida”.
El autor de Operación Masacre explica que su hija estaba dispuesta a no entregarse con vida y que llevaba siempre consigo una pastilla de cianuro. Y el día en que la encontraron en una casa junto tres personas más, después de que habían matado a dos de ellos en la planta baja, ella y uno de sus compañeros, se pegaron un tiro en la sien.
En la carta que le dedicó a su hija, el 1 de octubre de 1976, escribió: “Muchas veces lo temía. Pensaba que era excesiva suerte no ser golpeado, cuando tantos otros son golpeados. Sí, tuve miedo por vos, como vos tuviste miedo por mí, aunque no lo decíamos. Ahora el miedo es aflicción. Se muy bien por qué cosas has vivido, combatido. Estoy orgulloso de esas cosas”.
Orgullo es exactamente lo que ese padre sentía por su hija, que había seguido el mismo camino que él - el de la lucha por lo que consideraban justo y por la defensa y liberación del pueblo-, y en la carta dirigida a sus amigos, Walsh sostuvo: “Vicki pudo elegir otros caminos que eran distintos sin ser deshonrosos, pero el que eligió era el más justo, el más generoso, el más razonado. No vivió para ella, vivió para otros, y esos otros son millones. Su muerte sí, su muerte fue gloriosamente suya, y en ese orgullo me afirmo y soy quien renace de ella”.
Hundido en su dolor, pero no por eso derrotado, el 24 de marzo de 1977 publicó un documento insoslayable para la historia del país y para su propia vida: La Carta Abierta a la Junta Militar. Y con su firma, signó también su sentencia de muerte. En ella no se privó de hablar de nada: desde la censura impuesta a los órganos de prensa, las injusticias, la debacle económica y social de la Argentina, hasta la violencia desaforada, los secuestros y las torturas habituales.
Vale la pena conocer parte de sus propias palabras: “Lo que ustedes llaman aciertos son errores, los que reconocen como errores son crímenes y lo que omiten son calamidades. Explotan al pueblo y disgregan la Nación, prohibiendo los partidos, interviniendo los sindicatos, amordazando la prensa e implantando el terror más profundo que ha conocido la sociedad argentina. Quince mil desaparecidos, diez mil presos, cuatro mil muertos, decenas de miles de desterrados son la cifra desnuda de ese terror. Secuestros que permiten la tortura sin límite y el fusilamiento sin juicio. Mediante sucesivas concesiones al supuesto de que el fin de exterminar a la guerrilla justifica todos los medios que usan, han llegado ustedes a la tortura absoluta. Muchos de esos rehenes son simples sospechosos. En un año han reducido ustedes el salario real de los trabajadores al 40%, elevando la desocupación”. Y concluye: “Estas son las reflexiones que en el primer aniversario de su infausto gobierno he querido hacer llegar a los miembros de esa Junta, sin esperanza de ser escuchado, con la certeza de ser perseguido, pero fiel al compromiso que asumí hace mucho tiempo de dar testimonio en momentos difíciles”.
Un día después de enviarla mediante correo, en el cruce de las avenidas porteñas San Juan y Entre Ríos, fue hallado por un grupo de tareas de la Escuela de Mecánica de la Armada. Intentó defenderse con un arma calibre 22, pero fue en vano. Desde allí, nada de sabe de él.
Volviendo a Operación Masacre, el libro es una joya del periodismo y la literatura. Con ella, Walsh inauguró un género en 1957 –a pesar de que suelen destacar a A sangre Fría, del estadounidense Truman Capote, como el primer ejemplar del Nuevo Periodismo. Pero sobre todo, intentó descubrir las ollas tapadas, desnudar las injusticias del poder de turno, las desmesuras, los abusos de autoridad por vestir un uniforme o contar con la protección del Poder Judicial, para con ello, abrir la conciencia del pueblo y despertar en él la disposición a la acción. Prepararlo para que otros acontecimientos semejantes no lo tomen desprevenido, y evitar que se sucedan atrocidades semejantes. En la introducción a la primera edición, sostiene: “Esta obra persigue el aniquilamiento a corto o largo plazo de los asesinos impunes, de los torturadores, de los técnicos de la picana que permanecen a pesar de los cambios de gobierno”. Y agrega: “Investigué y relaté estos hechos tremendos para darlos a conocer en la forma más amplia, para que inspiren espanto, para que no puedan jamás volver a repetirse”. 20 años después, se habrá dado cuenta de lo iluso que era su objetivo con Operación Masacre.
Ya en 1964, en el epílogo de la segunda edición, hace un balance de los logros y los fracasos. Dice que fue una victoria llegar al esclarecimiento de los hechos y haber superado el miedo, pero que las frustraciones fueron mayores. Él quería que los sobrevivientes y familiares de víctimas fueran objeto de algún tipo de reconocimiento, que Fernández Suárez sea juzgado, destituido y castigado. Pero nada de eso sucedió. Entonces, cuenta que se preguntó si lo que él perseguía no era una quimera, si la sociedad argentina necesitaba enterarse de esas cosas. Pero que no tenía respuestas. “Se comprenderá que haya perdido la ilusión en la justicia, en la reparación, en la democracia y en lo que una vez fue mi oficio”. Y se pregunta si la volvería a escribir.
Hoy, a 53 años de la publicación de su libro y a 34 del último golpe militar, quizá los lectores como yo podemos decirle gracias y preguntarle ¿¡Qué importa cuán soñador haya sido su objetivo, si sirvió para conocer nuestra historia!?; si todavía hoy, y en el futuro, la gente puede leer Operación Masacre y disfrutar de una obra maestra, al mismo tiempo que puede indignarse ante los hechos narrados; si estudiantes de periodismo lo toman a él como modelo de un hombre fuerte e íntegro, que sirvió a la Patria y combatió con la palabra en su lucha por la verdad, la libertad y la justicia; y si el pueblo argentino ve a esa operación masacre como un ejemplo que no se debe repetir.
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