Danza integradora
¡Sillas de ruedas y...a bailar!
La música suena de fondo en una típica sala de ensayo del Instituto Universitario Nacional del Arte (IUNA) -con barras, piso de madera y un gran espejo para poder mirarse y encontrarse con uno mismo-, que cada sábado se transforma en el sitio que alberga a un grupo de personas, algunas con distintos tipos de discapacidades, reunidas para disfrutar de la danza y para darle una caricia al alma propia y ajena.
Y es que el baile constituye, desde los tiempos más remotos de la humanidad, una forma de expresión, una rama del arte de la que todos los hombres tienen el derecho de participar, más allá de las limitaciones que puedan padecer. Ese es el principio base de la denominada danza integradora y el germen para el surgimiento del proyecto Todos podemos bailar, en el IUNA, que la profesora de danza y expresión corporal y psicóloga social Susana González Gonz presentó en 1990 y desarrolla hasta la actualidad.
Personas en sillas de ruedas –en su mayoría- aunque también ciegas, o con un leve retraso mental se encuentran con bailarines profesionales y gente de la comunidad de diferente edad, sexo y profesión, unidos por el deseo de crecer como personas. Pero la idea de integración no remite únicamente a la incorporación de discapacitados al mundo del arte y al trabajo conjunto con los que no lo son, sino que es una noción más abarcadora, que tiene que ver también con la posibilidad de mezclar distintos tipos de música y con la “necesidad de integrarse primero cada uno en sí mismo, para luego integrar a los demás”, según explica González Gonz. “Danza integradora es el concepto que yo tengo de la disciplina y uso todas las técnicas que estén a mi alcance para expresar lo que quiero”.
Los beneficios que esta actividad puede traer aparejados tanto a nivel físico como psicológico son múltiples. Desde el mejoramiento de la postura, la flexibilidad, la fuerza muscular, la respiración, la coordinación y el ritmo, hasta la toma de conciencia del espacio y del tacto, la sensación del límite y la necesidad de aprender a pedir ayuda. Refuerza la autoestima, la identidad y estimula la aceptación. El profesor de música Alan Courtis, de la Fundación de Artistas Discapacitados, celebra el proyecto y hace un llamado de atención: “Lo fundamental es darle voz dentro del grupo, sobre todo al discapacitado mental, al que muchas veces se lo margina de la toma de decisiones”.
“Yo venía de un lugar donde los mismos discapacitados se echaban abajo y yo no quería eso. La danza me ayudó a mejorar el trato con la gente y conmigo misma. Pude corregir mi postura. Al principio tuve mucho miedo, pero ahora disfruto de cada oportunidad”, cuenta Sofía, una joven que nació con una malformación. Y ese temor también invade a cada persona que se acerca al taller con ansias de colaborar. “Al comienzo fue muy raro, pero nunca dudé de quedarme. Cada sábado me voy de acá con alegría y hace tres años que tengo asistencia perfecta”, afirma Arnaldo, de 65 años. Incluso los bailarines admiten que con esta actividad ven consumada su carrera.
Estos cursos constituyen sólo una parte del proyecto Todos podemos bailar – la del trabajo con la comunidad-, especifica su creadora. Los otros dos ejes son el educativo -que tiene que ver con la existencia en el IUNA de la cátedra Danza Integradora, fundada por ella, y que es opcional en el programa de las carreras de danza-teatro, comedia musical y expresión corporal- y el artístico – llevado adelante por el Grupo Alma, al que define como “equivalente de lo que es el Teatro San Martín para un actor”.
El Grupo Alma y su reconocimiento mundial
Los talleres de danza integradora que tienen lugar en el IUNA presentan su contracara artística cuando expertos de la disciplina y actores profesionales, junto con discapacitados, pisan el suelo de un escenario de la mano del Grupo Alma, fundado y dirigido por Susana González Gonz en 1990, “desde la creencia de que todo ser humano puede desplegar sus alas y hacer volar sus sueños”.
Integrado también por los bailarines Demián Frontera, Sandra González Neri y María Cecilia Cerantorio, el grupo ha logrado obtener reconocimiento y prestigio a nivel mundial. En 1991, fue el primer y único representante de Latinoamérica en participar del Campeonato Europeo de Danza en Silla de Ruedas, realizado en Munich. Desde allí, actuó en Chile, Uruguay y en la Universidad de Madison, en Washington. Si bien el conjunto cuenta con el aval del IUNA, los esfuerzos por lograr que el Gobierno le brinde algún subsidio han sido en vano y son sus integrantes los que deben realizar aportes para garantizar su subsistencia. No obstante, también forma parte de Mundo Alas, una organización creada por el músico León Gieco, compuesta por cantantes, bailarines y pintores discapacitados que suelen acompañarlo en sus giras. Estas experiencias lo han llevado a convertirse en el director de una película homónima a su asociación y ha sido declarada Iniciativa de Interés Cultural por la Legislatura porteña, como una forma de exaltar la importancia del “arte como herramienta clave de integración social”.
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