No sé cuándo
fue que le vendimos el alma al diablo ni sé bien qué nos ofreció a cambio, pero sucede
que la gente piensa que no superamos los 22, aunque llegamos a la edad
en que los especialistas recomiendan empezar a usar crema antiage.
Llegamos a
una edad en la que nos cansamos de los boliches –nunca pensé que pasaría-, en
la que odiamos a las pendejas borrachas que empujan desquiciadas, en la que nos
juntamos a cenar y cuando vamos por el postre bostezamos como hipopótamos, y en
la que -como el otro día nos hizo notar un amigo-, en medio de un cumpleaños,
en vez de dos botellas de vodka, había dos de agua arriba de la mesa.
Fue como si alguien nos hubiera hecho un agujerito en la tapa de
la cabeza y nos hubiera metido los años en las piernas, en el culo, en los
ojos, en los sesos. Porque llevamos los 25 adentro, ADENTRO. De afuera no se
notan. Sólo afloran a través de las palabras o al presentar algún documento de
identificación.
Ya dije que
en Ecuador nadie creía la edad que teníamos. En realidad, nos pasa todo el
tiempo, a todas.
Hace unos
fines de semana, con Mauge y Fer fuimos al Álamo y nos divertimos con poco.
Jugamos a decirles a algunos grupos de púberes que nos hablaban que teníamos
21. Igual, Fernanda y yo no aguantábamos y les terminábamos diciendo la verdad,
y no lo podían creer.
- Mirá, te
juro que tengo arrugas, fijate.
- Mirá
cuando nos reímos.
Vale aclarar
que no nos divertimos toda la noche con esa boludez. Después de eso empezaba la
charla en serio.
Lo mismo nos
pasó un viernes a la noche, hace unos meses, cuando unos viejos conocidos nos
invitaron a Caix porque tenían el boliche ese día. O sea, ¡A CAIX!, el lugar al
que íbamos todos los sábados cuando teníamos 18 - 19 años.
- Chicas, ¿tienen documento? - nos preguntó con voz y
cara de preocupada una pibita rubia, vestida con una vincha negra que le tapaba
el culo, una remera que no le cubría la panza y unas plataformas onda Spice
Girls en Spice World.
Flor, Mauge y yo nos miramos
desconcertadas y sonreímos.
- Sí, sí.
- Ah, porque yo no. Mis
amigas sí, pero yo tengo 17.
- Uh!!! - le respondimos al
unísono, todavía sonriendo y desconcertadas.
- Hace rato que pasamos los
17, pero somos como Dorian Gray - le respondí a la chica riéndome por la
situación y porque tenía un poco de frío, aunque creo que no me entendió.
Dos minutos después la
pregunta fue repetida.
- Chicas, ¿documentos? - nos
pidió el patovica de la puerta.
- Pero estas ya tienen como
24 - le dijo el viejo conocido que nos hizo pasar, mientras el tipo miraba
nuestros D.N.I.
Y alguna de las otras dos
repitió mi explicación: "Somos como Dorian Gray".
Reitero: esto nos pasa todo
el tiempo, a todas. En el trabajo, en la facultad, en un consultorio médico, en
la depiladora, ante desconocidos, conocidos
y amigos de amigos...todo el tiempo. Calculo que con el paso de los años va a
tener sus beneficios, aunque, por el momento, desconocemos cuál es el precio que
tendremos que pagar.
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