23 de enero de 2013

Crónica autorizada de Montañita


“Qué raro que las dejaron venir a las dos solas, ¿no?”, nos dijo la chica que tenía a mi izquierda en el avión que nos llevaba de Santiago de Chile a Guayaquil, al pensar que teníamos más o menos su edad, o sea 19, cuando en realidad y, afortunadamente, tenemos 25 y no tuvimos que consultarle nada a nadie al decidir pasar nuestras vacaciones en Ecuador.

Las caras de sorpresa por nuestra edad fueron constantes desde el sábado 29 que llegamos a Guayaquil hasta el sábado 12 que volvimos del mismo lugar. Hombres y mujeres de todas las edades pensaban que éramos más chicas. Incluso, una médica del hospital de Guayaquil nos acusó de “come años”.

No parece, pero los tenemos. Y con nuestros 25 –en realidad con los 25 de Mauge y mis 24, porque cumplí años el lunes 14- decidimos pasar Año Nuevo en Montañita. En verdad, la idea de ir a Ecuador la tuve yo en 2011 y la fui conversando con algunas amigas. Mauge no supo el recorrido del viaje hasta que lo terminamos, porque desde el primer momento confió en mi criterio y aunque le armé un archivo de Word, le mostré mapas y se lo repetí hasta el cansancio, nunca lo interiorizó.
-          No sé bien qué ruta nos conviene seguir, pero el 31 vamos a estar en Montañita, porque todo el mundo dice que es una fiesta.
-          Ok, yo te sigo.
-          Creo que tengo miedo. Un pibe del laburo me dijo: “A las 5 vas a estar en pedo, a las 7 vas a confesar que bailás en el caño y a las 9 vas a estar en una orgía”.

Después de buscar en Internet y, sobre todo, de volver loco a un amigo de la facu que respondió cada duda que tenía, el sábado 29 salimos de Ezeiza para Santiago de Chile, donde hicimos escala. Llegar a Guayaquil nos llevó todo el día y estuvimos varias horas en el aeropuerto chileno, donde dormimos y cambiamos pesos argentinos para comprar unos sándwiches de miga con un juguito que nos terminaron costando como 60 pesos a cada una.
Alrededor de las 21.30, llegamos al aeropuerto de Guayaquil (hora local), buscamos nuestras mochilas y fuimos en bus a la terminal terrestre, por 0,25 centavos de dólar. La economía ecuatoriana está dolarizada y, en comparación con Argentina, todo es muy barato. Justamente por eso, en casi ningún lado aceptan billetes de 50 y de 100, e incluso, los de 20 son difíciles de pasar. En algunas ciudades, encontramos unas máquinas en la calle que te dan cambio, pero ninguna funcionaba, así que tuvimos que perder unas horas en Cuenca para tener plata chica. Durante el viaje, para saber más o menos cuánto gastábamos, multiplicábamos los precios por cinco, porque, increíblemente, la AFIP nos autorizó a comprar moneda extranjera.

Cuando llegamos a la terminal, fuimos a CLP, la empresa que vende los pasajes para ir a Montañita. Nos dijeron que salían micros directos a las 5, 6, 7, 13 y a las 15, pero que, para conseguir los de la mañana, había que estar haciendo la fila desde antes de las 4. Si no hubiéramos tenido reservada la noche en Manso, nos quedábamos durmiendo ahí y listo, pero no podíamos. Así que pasamos por el Mc Donalds de la terminal, comimos por 3 dólares y  nos tomamos un taxi por 5 para llegar al hostel ubicado en Malecón y Aguirre.
Ecuador nos recibió con lluvia, pero no nos sorprendió. Allá hay dos estaciones: la seca y la lluviosa, y nosotras llegamos cuando estaba empezando la segunda.

A la mañana siguiente, nos levantamos, desayunamos, fuimos a la terminal y nos dijeron que sólo había pasaje para las 15, por lo que a Montañita llegaríamos tipo 18. Entonces preferimos comprar unos que salían a las 11 para Santa Elena, a donde llegamos a eso de las 14.30, y de ahí nos tomamos un bus que nos llevó a Montañita. En total habremos gastado unos 5 dólares.
Montañita

Montañita es todo eso que dicen que es: tiene apenas unas cuadras, magia, fiesta, alcohol, surfers. Antes de ir, hay que saber que si uno quiere dormir, aunque sea un poco, no hay que hospedarse en la Calle de los Cocteles; que en Año Nuevo se llena mal y que, aseguran, para la época de carnaval es peor. “Acá no me conoce nadie” es una frase que hay que aprehender para justificar conductas y no morir en el intento.

Cuando bajamos del bus, el calor era intenso. Eran tipo 15.30 y empezamos a caminar con miedo de no conseguir lugar para dormir. Aunque había un sol divino para estar en la playa, las calles de Montañita rebasaban de gente. Casi que no había espacio para moverse. Y es que, en una y otra cuadra, hay restaurantes y bares por todas partes y, por si no alcanzaran, se suman puestos callejeros que ofrecen jugos en baldes, licuados, panchos, hamburguesas y tostados, mezclados con otros que venden artesanías y bolsos y remeras con la inscripción “I love Montañita”.
Encontrar una cama para dormir nos costó bastante. Estaba todo completo o había cuartos disponibles para cuatro o cinco personas. Seguimos caminando y llegamos a South Point, una pocilga ubicada a dos o tres cuadras pasando la plaza, por la que pagamos 20 cada una. No tenía cocina ni agua caliente ni ofrecía desayuno, pero teníamos que dormir en algún lado, así que nos quedamos ahí tres de los seis días que estuvimos en Montañita. El resto lo pasamos en un hotel frente a la plaza, divino, con aire acondicionado y tv con cable que aprovechamos para ver las maratones de CSI que pasan por AXN. El encargado no nos avisó que el precio incluía una invasión de grillos, pero de eso nos enteramos al segundo día.

Nos ubicamos en la pocilga, nos cambiamos y fuimos a almorzar a un lugar donde pagamos 2,50 por un cuarto de pollo (“pecho”, no “pechuga”) con ensalada y patacones -banana frita que me habían recomendado probar y que, puedo asegurar, está buenísima-.
El día siguió con una tarde medio nublada de playa, una caminata por el centro y una noche que nos sorprendió, sin haber cenado, con un margarita para mí y una caipiroska para Mauge, cuando conocimos a un grupo de británicos que nos invitaron a sentarnos con ellos. A eso le siguió la vuelta al tequila, que no tomábamos desde que teníamos 17 o 18 años, pero que se volvió una rutina durante nuestra estadía en Montañita.

Después de pasar por ahí y pagar los tragos 2,50 y el tequila 3, en Capital ya no dan ganas de tomar. Bueno, mentira. De tomar sí, pero dan ganas de salir corriendo y “que pague Dios”.
La cosa era más o menos así: empezábamos con una Corona, seguíamos con una caipiroska, continuábamos con un par de tequilas y finalizábamos con otras capiroskas. El fernet era lo más caro: unos 7 dólares, así que preferimos hacer abstinencia y tomar el resto.

La primera mañana que amanecimos en Montañita ya teníamos resaca. Tranqui, pero resaca al fin. Creo que, durante nuestra estadía en ese lugar, fuimos medio alcoholéxicas. Durante el día, comíamos frutas y porquerías y la única comida fuerte era la cena. Incluso, algunas noches comimos forzadas y con dolor de panza porque había que comer. Y es que el cuerpo nos estaba pasando factura, pero como sólo serían seis noches así, aguantamos. El resto del viaje sería de recuperación y eso lo teníamos claro.
Esa primera mañana con resaca era 31, o sea que a la noche sería Año Nuevo y teníamos que recuperarnos para brindar hasta que salga el sol. Y así hicimos.

Después de pasar un día de playa hermoso, con un sol que me dejó el pecho colorado –cosa que no pasaba hacía muchos años, dado que por suerte soy medio negrita-, fuimos a comer a una pizzería de argentinos que queda al lado de Nativa Bambú, el boliche que está justo frente a la playa y al cual fuimos un rato todas las noches. La comida estuvo muy buena y los mozos son unos copados.

Cuando terminamos, fuimos a buscar a nuestro coctelero para tomar unas caipiroskas y dimos unas vueltas. De repente, ¡se largó a llover mal! Fue la oportunidad perfecta para sacar mi paraguas violeta, con bordes de animal print, que había puesto en la cartera ya que había estado lloviendo hacía unas horas. Al principio, Mauge se reía y me decía que no lo sacara, que era una ridícula y que ella había sido muy inteligente por llevar su piloto. Pero después le gustó y fuimos a caminar con una sonrisa, sin mojarnos.
Por suerte, la lluvia paró. Nos cruzamos con unos argentinos que esa tarde nos habían convidado mate y seguimos camino a la playa, para ver la quema de muñecos: todo lo malo de 2012, se supone, se iba en ese Chucky, en ese Chavo, en ese Batman, en ese Snoopy. Y cuanto más grandes, más situaciones merecedoras de ser olvidadas quedaban en el pasado. Antes, mientras cenábamos, nos cruzamos con una ex compañera del colegio que nos contó que podíamos haberlos comprado a partir de 10 dólares, pero eso no lo sabíamos, así que nos limitamos a ver cómo lo hacían los otros.

Mientras los muñecos ardían e iluminaban la noche junto a los fuegos artificiales, nos cruzamos con el dueño de la pizzería y nos ofreció fernet. Nos dijo que si hubiéramos llevado alguna botella, nos la habría comprado. Así que a tomar nota: un Branca puede ser un buen negocio en Ecuador.
El festejo siguió un poco en la playa, otro poco en Nativa Bambú y otro, en las calles de Montañita. En todos lados estaba lleno de gente, sobre todo chilenos. Más que argentinos. Y mucho piberío de 20 – 21 años. Con Mauge coincidimos en que a Montañita habría que haber ido a esa edad, cuando el cuerpo se la bancaba más. Además, hubiéramos estado a tono con muchos de los chicos que se nos acercaban –seguramente porque parecemos más chicas-.

La noche incluyó un paseo con Patrick -uno del grupo de los británicos- por todo Montañita y unas clases de salsa y juegos de elasticidad en la playa. Después encontramos a Gary, pasamos por un Kiosco a comprar unas botellas de alcohol que nunca probé, fuimos a la playa e improvisamos un limbo con un saco mío. De repente, se sumaron unas chilenas y cuando pasaba doblada por debajo de mi abrigo, vi que dos hombres nos sacaban fotos.
-          Ey, nos sacan fotos, sonrían.
-          ¿Van a salir en algún lado? – preguntó alguien.
-          Sí, en Montañita TV – nos dijeron y por las dudas hace unos días nos busqué en Internet, aunque no encontré nada.

Así que nosotros, un grupo de todos desconocidos, nos pusimos tipo equipo de fútbol, nos abrazamos y sonreímos para la foto.
En la noche eterna, también hubo tiempo para intercambios culturales. En algún momento, hablamos de política con unos ecuatorianos que nos invitaron a tomar unas cervezas en un bar y más tarde conocimos a dos franceses que nos acompañaron hasta el amanecer. El que sabía castellano –Camille- hablaba con Mauge y el que bailaba reggaetón –Santiag-, conmigo, que me preguntaba cómo lo estaba haciendo y yo, en un inglés bastante rústico, le decía que bailaba re bien y le pasaba algunos tips para mejorar el paso, al mismo tiempo en que le tiraba unos pasitos de cumbia.

Cuando ya había salido el sol, los franceses nos acompañaron hasta la pocilga y Santiag, en el camino, me decía que quería que fuese su guía cuando viniera a Buenos Aires.  Por dentro yo pensaba: “Me enamoré”. ¡Lástima que tenía su usuario de Facebook en el cel que días después me robaron en la playa y así se fueron todas las posibilidades de llevarlo a recorrer Capital!
Llegamos a la puerta, nos saludamos con un beso en el cachete, se fueron y abrimos la reja del hostel.

-          Pensé que te lo ibas a agarrar. Era re lindo – me dijo Mauge desconcertada.
-          Yo también.
-          Vamos a buscarlo.
-          Pero, ¿qué le voy a decir?
-          No sé, vamos.

Y fuimos, porque esa era la última noche de ellos en Montañita. Además, teníamos que encontrar una puerta que habíamos estado buscando toda la noche. En algún momento hasta creímos que habíamos alucinado la existencia de la puerta, pero no. Ahí estaba, como pensábamos, en la Calle de los Cocteles. Habíamos encontramos la puerta. Los franceses nunca aparecieron.
Los días siguientes fueron días de playa –nublados- de lectura, de alcohol, de grillos. También de aprendizaje: descubrimos que en Montañita hay que comer antes de las 10. Después de esa hora, se complica encontrar un negocio con la cocina abierta.


El jueves 3 fuimos a Los Frailes, una playa paradisíaca al norte de Montañita, y cortamos la racha del mal tiempo. Tal vez podíamos llegar en bus, pero el día anterior habíamos pagado 10 dólares por el traslado y otros 50 por la excursión del viernes a la Isla de la Plata, “la Galápagos de los pobres”, un lugar con agua turquesa, donde hicimos snorkeling, conocimos diferentes especies de aves típicas y vimos tortugas de agua. Dos lugares de visita obligatoria.
Cuando volvimos de la isla, aprovechamos las últimas horas en Montañita para sacar un par de fotos. Después nos bañamos, cambiamos y fuimos a Hola Ola a probar las papas que nos habían recomendado. Comprobamos que estaban buenas.

La consigna de ese día era despedirnos de Montañita como correspondía. Yo me sentía casi obligada a beber: por más tequila que veníamos tomando, las noches anteriores siempre era Mauge la que “cantaba pri” en cuanto a ebriedad y yo, nada. El problema es que me lo tomé muy a pecho. Bah, el problema es cuánto tomé.
Esa última noche la pasamos igual que las demas, deambulando y compartiendo tragos y experiencias con ingleses, argentinos, canadienses.
- Chicas, chicas, tengo un plan.
- Sabri, esperá. Los chicos tienen una propuesta - me dijo Mauge ante unos cordobeses que nos pararon por la calle-. A ver, ¿cuál es?
- Vamos todos juntos a hacer el amor y...
- No no, gracias, pasamos. Tu amigo tenía razón, Sabri. Decile que la propuesta de la orgía la tuvimos.
El final de esta primera parte de nuestro viaje a Ecuador, la de los días de playa, es uno: nos tomamos un bus a Guayaquil el sábado a las 10 de la mañana y yo puteé todo el día por haber  decidido, a la madrugada, dejar la cartera en la playa, descuidada, y meterme al mar. Cuando salí, no había cartera ni celular ni saco. Sólo las ojotas.

Pero el desenlace tiene dos versiones: una para los amigos y esta otra para la familia, conocidos, desconocidos y para esta crónica autorizada.

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